La Gaza de Trump es un chino de Nerón, es un Las Vegas de Pionyang, es una Marbella de un Jesús Gil atómico, es un antiguo Egipto de reguetonero, es una pesadilla producida por comer gyozas en un crucero de jubilados de Florida, es una luna de miel de Sergio Ramos mezclada con El resplandor, todo a la vez. La verdad es que no sabemos la Gaza que tiene Trump en la cabeza, ahí todavía sepultada como bajo dunas de tierras raras y polvo de ganchitos (su cabeza la imagino en un oleaje de oro molido, grandes boquetes y droga en aerosol, como la superficie de Dune). Pero sí sabemos la Gaza de Trump que ha imaginado una IA y que Trump ha tuiteado, no sé si como particular soñador, como una señora de bingo que sueña que está en el bingo con Julio Iglesias, o como presidente de Estados Unidos, o sea como si fuera el proyecto Apolo de una señora de bingo. Eso sí, algo les ha fallado, porque lo de las bailarinas con barba sólo se puede explicar si se les han infiltrado los woke o se les han infiltrado dos de Hamás, con cinturita y pistolón.
La Gaza de Trump o de la IA, que sale de los escombros, de los túneles y de las tumbas, colorida y macabra como una Catrina mexicana o una serpiente de coral, es sobre todo dorada o sobredorada, como un peluco sobredorado, como un dosel sobredorado, como un amorcillo sobredorado, como una manga sobredorada, como una mella sobredorada. Sí, hay rascacielos espaciales que parece que le rascan a Trump la barriguita de dios de Gaza, como un dios cananeo; hay yates flotando antinaturalmente, como si flotara el mármol; hay playas de agua de coco y hay palmeras de cortina de baño, hay arrocerías colgantes y hay camas balinesas que parecen más bien máquinas de suicidio suecas, hay bulevares habaneros o panameños con sol de visillo y terraceo impresionista o sólo confuso, y esas bailarinas del vientre quizá con trabuco bajo la barba y bajo los velos. Pero sobre todo hay dorados, el dorado que yo creo que tiene la cabeza de Trump por dentro, como un huevo Kinder dorado lleno de cosas rarísimas, que diría que ahí la IA ha captado todo el espíritu trumpista.
Un niño sostiene un gran globo dorado que es la gran cabeza dorada de Trump, enorme, brillante, tensa, a punto de estallar, como la cabeza de Doraemon; una cabeza hueca forrada por dentro y por fuera de oro o de plástico que parece oro, una gran cabeza como de Ferrero Rocher, ese lujo de pobres, como tener a Isabel Preysler en el comedorcito, que en el fondo es Trump (Trump le debe más a la white trash que a los millonarios con gorra de Forrest Gump, que es a quien se parece Elon Musk ahora). Luego, bajo lámparas de araña doradas, no ya como luces luisinas en un salón luisino sino como coronas de rey luisino (si los estadounidenses de biblia y Colt supieran que lo que tienen es un rey luisino…), Trump roza su barriga con una señorita o bailarina que ya se ha quitado la barba y a la que se le transparenta el culo perfecto, mineral, ya negociable como un mineral ucraniano, y baila con ella.
“Trump Gaza”, dice el letrero, la Gaza de Trump que tiene arquitectura e iluminación de casino de viejos o de desahogo de viejos. Quizá es él el que ha aventado o excretado los billetes, como la lluvia de Dánae
Bajo un dorado de jubilado de tarjeta dorada, Elon Musk moja y come en alguna cosa dorada de panadero. Bajo el dorado del crepúsculo, un dorado como de mal pintor de dorados, y en la playa dorada de bisutería dorada, llueven billetes a contraluz sobre unos comensales y sobre alguien que creo que es Musk, y que está entre bailarín de sirtaki y borracho de boda. Quizá es él el que ha aventado o excretado los billetes, como la lluvia de Dánae, unos billetes que son más dorados que verdes y más sucios que dichosos. Después, con el sol más alto sobre la playa, dorado ya de carbón, son niños los que reciben los billetes, que no dejan de caer, no ya como caramelos trumpistas sino como plumón de ángel con cabellos dorados. Una gran puerta dorada, con luces entre camerino y puticlub, invita a entrar en un edificio dorado ante el que pasan coches como de embajada. “Trump Gaza”, dice el letrero, la Gaza de Trump que tiene arquitectura e iluminación de casino de viejos o de desahogo de viejos. Y, luego, él.
Trump, una enorme estatua de oro de Trump, no como una estatua de oro de Zeus sino de Michael Jackson, impresionante y hortera, robótica y enfermiza; una estatua de Trump con estilización de emperador dios, o sea que le ha desaparecido la barriga como le desaparecía la barriga al emperador Claudio en las estatuas, o como le desaparecía la barba a la bailarina, para mantener la magia y la mentira. Y, a continuación, figuritas doradas de Trump, filas de figuritas doradas de Trump en estanterías de bazar, unas figuritas entre gato chino, Óscar cansado y Buda cagando. Y cabezas doradas de Trump, como cabezas de Goya de los Goya o como cabezas de Beethoven de Liberace, a quien no sé si le gustaba Beethoven. Unas figuritas que los visitantes o peregrinos fotografían, mientras desde el techo unos globos dorados con forma de corazón o quizá de flor carnívora se derriten o se pudren de alguna aluminosis del oro o de algún hongo de la mentira pajiza.
Caen más billetes, billetes sobre la aureola dorada (el círculo solar de los egipcios) de Elon Musk. Trump y Netanyahu, en una piscina de Gaza o de Benidorm, en tumbona de spa o del mundo, en bañador de tigre o del Fary, se doran o se cuecen habiendo cumplido ya sus sueños o sus días. Y la puerta dorada de la Gaza de Trump, como una Bagdad de Sadam, vuelve a aparecer y a invitarnos. Y hay una canción, además hay una canción: “Donald Trump os libera”, “no más túneles, no más miedo, la Gaza de Trump ya está aquí”, “la Gaza de Trump resplandeciendo brillante”, “un futuro dorado trae una nueva vida”, “fiesta y baile, el acuerdo está cerrado”, “la Gaza de Trump, número 1”. Y a mí, más que las estatuas ecuestres sin caballo y que las estatuas doradas sin relleno, lo que me choca es eso de la liberación, que no sé si es la liberación de los jubilados de Florida. Al principio del vídeo aparece un niño gazatí siendo llevado de la destrucción a ese parque de atracciones siniestro, pero se supone que los gazatíes se tienen que ir de allí. O sea, no van a acabar en los dorados de rebozados y monedones de la Gaza de Trump sino en los dorados de sol de alacrán del Sáhara, un poner.
La Gaza de Trump es una insolación de chiringuito o de poder, aunque no sabemos si es una insolación de la IA o una insolación de Trump. Pero el proceso interesante no es tanto saber con qué parámetros y prompts ha ideado la IA el vídeo, ni quién lo ha hecho, sino cómo ha funcionado la cabeza de Trump, que ya digo que uno imagina como un amarillo desierto tormentoso, para considerar el vídeo una promoción y seguramente una adulación. Yo creo que la IA es una cachonda o la ha programado un cachondo, que han calado a Trump y se han reído bien de él, sobre todo con los infiltrados barbudos en su sueño o en su libido. Y, como en las mejores bromas, el aludido no se ha dado cuenta. La Gaza de Trump es un tiovivo de psicópatas, es una semifinal de Eurovisión, es un Bollywood de Torremolinos, todo a la vez. Esta Gaza de Trump, redorada y macabra, es real y literalmente la cabeza de Trump, infantil, inflada y pesadillesca como el cabezón de Doraemon.
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