El bautizado como "día de la liberación" por Donald Trump sólo ha generado temor e incertidumbre. Ni siquiera en el corazón del capitalismo americano se respira esperanza. The Wall Street Journal, la biblia de los conservadores republicanos, augura el fin de liderazgo global de Estados Unidos.

Estamos en el comienzo de una nueva era, pero no sabemos qué nos espera a partir de ahora. Las consecuencias, todas negativas, de la subida generalizada de aranceles acordada por Trump son difícilmente medibles y dependerán en gran medida de cuáles sean las represalias que adopten los más afectados: la Unión Europea, Japón y, sobre todo, China.

Como en una guerra convencional, la guerra comercial se sabe cómo empieza pero no se sabe cómo terminará. Lo único que se puede afirmar con cierta seguridad, avalando la tesis del Wall Street Journal, es que Estados Unidos va a dejar de ser el líder de la economía global. Y no sólo por la caída que va a registrar el comercio mundial en la nueva era, sino porque Trump y su amigo Elon Musk han convertido a su país en el más antipático del planeta. Para comprobarlo, sólo hay que ver la caída de ventas de los coches Tesla.

La guerra arancelaria de Trump se basa en un principio tan simple como falso: si se suben las tasas a las importaciones, los norteamericanos terminarán consumiendo productos fabricados en EEUU, y el Tesoro ingresará tanto dinero por los aranceles, que se podrán bajar los impuestos. Es la mercancía averiada que un economista de tercera fila como Peter Navarro le ha vendido al presidente de los Estados Unidos. Nada más lejos de la realidad. El consumidor estadounidense sufrirá la subida de precios de las mercancías importadas y los productos fabricados en EEUU serán menos competitivos porque los salarios allí son más altos que en la mayoría de los países a los que pretende exportar.

Esa es la tesis de la mayoría de los servicios de estudios serios de todos los países. Sin ir más lejos, JP Morgan advierte del peligro de una recesión en Estados Unidos como consecuencia de la inflación y de la caída del consumo.

El rearme frente a la amenaza de Rusia y la respuesta económica a los aranceles de Trump son dos caras de la misma moneda. Esto no se soluciona sólo dando ayudas a las empresas

No sabemos qué hará China, cómo responderá a la imposición de una barrera del 34% a sus productos. Tampoco sabemos lo que hará la UE (aranceles del 20%), aunque Ursula von der Leyen ya advirtió esta semana en el Parlamento Europeo de que Europa tiene todos los instrumentos para responder de forma contundente. Las grandes afectadas podrían ser compañías tecnológicas como Google, Amazon o Apple.

La incertidumbre no sólo afecta a las mercancías que sufrirán la subida de los aranceles, sino que va a hacer tambalearse a los mercados financieros y a las divisas. El oro y los bonos del Tesoro subirán como valores refugio.

Pedro Sánchez hará una declaración institucional en la que dirá que el Gobierno respaldará a las empresas afectadas por la subida arancelaria. El viernes lo concretará en un plan de ayudas. El presidente quiere convertir la guerra comercial en un segundo Covid. Cree que su figura se verá reforzada ofreciendo subvenciones a las empresas, cuyo coste luego se piensa trasladar a Bruselas.

Pero no. Esto es muy distinto. Las ayudas serán necesarias, pero tan sólo supondrán un parche para un problema mucho más profundo.

Estamos ante un cambio de paradigma, una alteración del statu quo surgido tras la Segunda Guerra Mundial. El rearme europeo y los aranceles son dos caras de la misma moneda. Europa tiene que decidir cuál va a ser su papel en ese nuevo contexto en el que primará la rivalidad entre EEUU y China.

Europa tiene que gastar más en defensa para defender su modelo de sociedad, una economía de libre mercado en democracia. Pero, además, tiene que plantearse que, a partir de ahora, también debe asumir el reto de ser competitiva en los sectores punteros, como la Inteligencia Artificial, compitiendo con Estados Unidos y con China.

Europa tendrá que regular menos y fomentar más la iniciativa y la tecnología. Bruselas tiene que dejar de ser un gigantesco centro burocrático para convertirse en un generador de empresas competitivas a escala global.

Las locuras combinadas de Trump y Putin han puesto a Europa frente al espejo. Tenemos que optar entre ser o desaparecer como entidad plurinacional. Para dar la respuesta correcta se necesitan líderes a la altura de las circunstancias. Mi gran duda es si Europa está en condiciones de afrontar ese reto. Desde luego, España no lo está.