Torra nunca fue un político, ni un gobernante. Siempre fue el sacristanejo con santa miopía de doblar casullas y migar obleas, el papista más papista que el papa jugando con su armario de alas y llamaradas de ángel, la portera con fuego de portera que tenía que mantener caliente no el sillón de Puigdemont, sino su propio cuerpo, mantener a Puigdemont vivo políticamente, aunque fuera con santería. Torra está ahí para que Puigdemont no parezca el príncipe de Beukelaer con peinado de Don Mendo y una república de chocolate y barquillo. Para mantener su épica, su excusa, sus sandalias de pescador, su persecución de Mortadelo y Filemón, su castillito de la patria en Bélgica y su capilla de tupé incorrupto en Barcelona.
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