“Yo soy la auténtica huella, la prueba más sólida de todo lo que vivimos durante diez años en Argelia. Llevo en mí la historia de toda una guerra, inscrita en mi piel desde que era una niña”, escribe Kamel Daoud. Lo hace a través de la voz interior de Aube, la protagonista de Huríes y superviviente de un degollamiento. La novela, incómoda y proscrita en su país de origen, reivindica la memoria olvidada de la guerra civil que desangró Argelia en los años 90 del siglo pasado, hoy sepultada bajo capas de silencio y olvido oficiales.
A la publicación en castellano de Huríes (Cabaret Voltaire) le precede la fama del premio Goncourt en Francia y la polémica en Argelia, donde ha recibido demandas de quien se considera la víctima real que inspira la obra y la prohibición de su publicación. Una realidad demediada que también reconoce vivir en su propia piel Daoud, con la herida colonial aún abierta.
“Me siento incomprendido y lo asumo”, admite Daoud en una entrevista con El Independiente. “Ni depende del ex colonizador ni del dolor de la colonización. Los míos no me comprenden y los occidentales no consiguen verme más allá de esa imagen. En realidad, ni soy superior ni inferior. Quiero ser un verdadero descolonizador. Si salimos con una mujer y luego rompemos con ella y pasamos el tiempo hablando de nuestra ex, quiere decir que no hemos roto”, arguye. “Es mi vida y me gusta. Intento no ser idiota porque hay gente que se esfuerza en ser idiota”.
Pregunta.- Su protagonista podría representar a todos los argelinos…
Respuesta.- Así es. En cierto modo, ella es la encarnación de todas esas personas que han vivido una guerra y no pueden contar su historia o, que cuando lo hacen, la gente no les cree. Como español, sabe que una guerra civil es difícil de contar.
P.- ¿Por qué resulta tan difícil de cicatrizar esos años 90 en Argelia?
R.- Para que una herida cicatrice, en primer lugar hay que reconocer que existe. En Argelia, no queremos asumir esta historia y no queremos contarla. Y no queremos que la gente pueda ser testigo de su dolor. Ésta es una guerra que ha sido borrada por ley. Es un periodo del que, desde el punto de vista legal, no se puede hablar. Y en ese caso, no se puede perdonar a quien no pide perdón. Y no se puede hablar de dolor, porque oficialmente no existe.
En lugar de reconstruirse, Marruecos y Argelia piensan que el enemigo es el otro y en armarse
P.- La protagonista, que arrastra las secuelas de aquella violencia, subraya que, en cambio, la guerra de la independencia que marcó el fin de la Argelia francesa sí es digna de recuerdo. Hay una utilización política de la historia…
R.- Sí, pero porque el poder está en parte basado en su legitimidad, en la narrativa de la descolonización, en una guerra noble con un enemigo extranjero. Sin embargo, la propia guerra civil es una guerra vergonzosa entre nosotros. Y por tanto, el régimen no quiere que se hable de la segunda. Solo promueve que se haga de la primera. Contamos con cifras de la primera guerra, pero en la segunda, incluso eso está prohibido.
P.- ¿Fueron los islamistas los únicos verdugos de esa guerra civil?
R.- No. En una guerra civil, justamente, el problema es que no es una guerra negra y blanca, maniquea. Es algo más complejo. Es español, habrá leído Los soldados de Salamina. No es el bien ni el mal. No se sabe quién mata ni quién es asesinado. Es muy difícil de saber. Y por eso se necesita una investigación histórica y un trabajo minucioso. No solo los islamistas han cometido hechos atroces.
P.- ¿Quienes son los culpables de esa contienda?
R.- Le puedo decir los islamistas, porque fueron los primeros en la guerra en ejercitar la violencia, pero también puedo decir el régimen, porque son ellos los que los han fabricado. En el mundo árabe, los regímenes dejan florecer a los islamistas para justificar su presencia. Porque de esa manera, asustan a la población para que piense que si no somos nosotros, son los islamistas. Los islamistas son fabricados por el régimen para justificar su posición.
P.- Es ésa una de las claves del silencio actual. Que sirve a todos…
R.- Justamente. Porque si empezamos a querer saber quién ha hecho qué, vamos a saber quién ha sido culpable. La reconciliación en Argelia es una negociación política. No es un trabajo de duelo o de memoria. Es como si en España la reconciliación hubiera consistido en un acuerdo entre el Partido Socialista y los franquistas, sin contar el dolor de los demás. Por eso en Argelia aprobaron una ley que prohíbe el recuerdo. Y el primero que lo haga será condenado. Con esta novela me han atacado mucho, incluso por las víctimas del terrorismo. Mientras los asesinos están ahí fuera y andan libres, es el escritor el que se ha convertido en criminal.
P.- ¿Es usted un enemigo del régimen argelino?
R.- Lo soy. No puedo volver a casa. Mis libros están prohibidos. Mi editor está prohibido. Y me han atacado en las redes sociales y en los medios de comunicación. Escribes un artículo y todas las fábricas de trolls reaccionan. Ya lo verá cuando publique esta entrevista. Le inundarán con mensajes.
Temo por Argelia. Los islamistas son los únicos que tienen una visión de futuro
P.- La protagonista de Huríes es “muda fuera” pero su lengua interior “está llena de historias”. ¿Cuántos silencios públicos existen hoy en Argelia?
R.- Muchos. También está el silencio sobre la historia de la Guerra de Liberación, porque ni siquiera esta guerra ha sido contada en su realidad. Se cuenta en función de las necesidades políticas. Hay cosas que se nos ocultan y que no forman parte de los manuales escolares. Hay un silencio total sobre la guerra civil. Y hay múltiples silencios: el de los supervivientes, el de los historiadores, el de los escritores…
P.- Su hija se sorprendió al leer la novela porque no creía que pudiera ser una historia real….
R.- Cierto. Porque no hay rastro de la historia. Cuando salió el libro, los jóvenes empezaron a hablar en las redes sociales y se sorprendieron. E incluso en Occidente, cuando digo que fue una guerra con 250.000 muertos, preguntan si es verdad.
P.- ¿Cuáles son los peligros de esa desmemoria?
R.- El primer peligro es que los islamistas siguen en la carrera política como si fueran inocentes. Dicen que no han hecho nada porque no hay ninguna prueba. El segundo riesgo es que se puede volver a reproducir, porque si no asumimos las consecuencias de esos actos, introducimos lo que es arbitrario e injusto. Y es algo muy peligroso. El tercer peligro es que no asumimos nuestra historia en su globalidad. Sólo queremos la historia colonial y no la responsabilidad de la guerra civil. Y creo que la guerra civil de Argelia es también una lección para el mundo: cuidado con el fascismo religioso. Cuidado con perder el control sobre la escuela y la cultura. Y no hay que confundir el islamismo con la culpabilidad colonial.
P.- Fue una de las razones por las que abandonó Argelia y se instaló en Francia en 2020. ¿Lo considera un exilio?
R.- Sí. Me fui, porque como muchos otros argelinos, huí de una prisión segura. Aquí no se sabe, pero en Argelia hay terror absoluto. No han empezado a hablar un poco de ello porque es un país inaccesible para los periodistas y los medios de comunicación. No sabe lo que realmente está pasando. Hay cientos de personas en las cárceles. Es el terror completo.
P.- Desde ese exilio, ¿cómo observa Argelia?
R.- Es un país que me hace daño, porque creo que si sigue así, se derrumbará y caerá en las manos de los islamistas. Es la única fuerza política organizada. Pero más allá de la política, también es un fracaso de la independencia. Es un país magnífico, rico, que tiene todas las posibilidades para volverse un gran país.
En Argelia los asesinos andan libres; es el escritor quien se ha vuelto un criminal
P.- La detención de Boualem Sansal es también su posible destino…
R.- Si regreso, sí. Incluso aquí me están persiguiendo. Y no solo es Sansal. Hay otros escritores, editores y libreros perseguidos. Esta semana trascendió la noticia de un distribuidor al que se le habían incautado todos sus libros. No se puede publicar un libro sin una decena de autorizaciones.
P.- Tanto a Sansal como a usted se les acusa de haberse acercado a la extrema derecha francesa. ¿Qué tiene que decir en su defensa?
R.- Es algo muy divertido, porque siempre existe una jerarquía. Cuando estoy en Occidente, me dicen de no hablar de islamismo, porque eso va a acentuar la islamofobia. Eso significa que los problemas occidentales son más importantes que los míos. Yo he vivido una guerra civil. Sé el coste que representa el islamista. Sé que no hay que confundir islamismo con el islam. Los musulmanes son los que han pagado el precio más alto por el islamismo. Hemos sido asesinados por islamistas. Los islamistas han matado a 200.000 personas en nuestro país. Tenemos derecho a hablar del islamismo. ¿Hay islamofobia en Francia o en Europa? Sí, pero debemos tener cuidado de no permitir que nuestra crítica al islamismo se bloquee con el pretexto de la islamofobia. Ahora bien, en cuanto empezamos a hablar, la propaganda de la extrema izquierda y los islamistas nos ataca. Yo tengo pruebas de 200.000 muertos. Los que quieren acusarme de islamofobia no tienen pruebas.
¿Soy de extrema derecha por decir que quiero que Argelia sea como España o mejor o por ir contra el programa político de los islamistas? No
P.- ¿Dónde se sitúa ideológicamente?
R.- En mi cuerpo. Amo la vida. Desconfío del radicalismo. Desconfío de las identidades. Soy universalista. Amo el mar. Me encanta el vino. Me encanta la literatura. Y tengo más respeto por la vida que por las ideas. Soy muy camusiano. Si necesito una nacionalidad o una posición ideológica, soy más mediterráneo.
P.- ¿No le preocupa compartir ideas con formaciones como Reagrupamiento Nacional de Le Pen?
R.- ¿Cómo qué? [Su visión del islam o de Argelia] No hablo de islam sino de islamismo.
P.- ¿Qué le diferencia de Le Pen?
R.- La extrema derecha francesa tiene una visión identitaria que no es distinta de la de los islamistas, porque los islamistas dicen que ellos son la solución y los otros son el problema. La extrema derecha dice que ellos somos la solución y los extranjeros son el problema. En realidad, se parecen y se van alimentando el uno del otro. Yo no quiero ni el uno ni lo otro. Yo nunca he escrito sobre el Islam, no soy teólogo. Y Argelia quiero que sea libre e independiente. Quiero que sea como España. ¿Soy de extrema derecha por decir que quiero que Argelia sea como España o mejor o por ir contra el programa político de los islamistas? No. ¿Soy de extrema derecha porque defienda que hace falta mantener la laicidad y los derechos y la democracia en Europa? No. Los migrantes ilegales y los refugiados, cuando su país se derrumba, saben dónde van a ir a refugiarse. Van a donde un país en donde hay derechos. Déjenme defender un lugar como Madrid. Las personas que me acusan, sé muy bien de dónde vienen. Yo no soy de esa familia ideológica de Argelia, que vive en Occidente, que tienen a sus hijos en Occidente y que odian Occidente.
P.- ¿Teme verse envuelto en esta guerra diplomática y política entre Argelia y Francia?
R.- Sí. Camus pagó por esta guerra, y no sólo él. Por supuesto, es difícil. Los radicales siempre quieren verte en un bando. Es muy difícil defender el matiz y la complejidad. A partir de un momento cuando te haces muy famoso, todo lo que uno escribe es interpretado. Y pensé mucho en ello. Me dije: ¿tengo que dejar de escribir porque me van a interpretar? ¿O tengo que seguir escribiendo? No creo que sea responsable de las interpretaciones. Soy responsable de lo que escribo. Y por eso tengo derecho a hablar y publicar.
P.- En la novela se describe a “un país que no quiere a las mujeres o solo de noche”. Fueron las argelinas las que pagaron el precio más alto…
R.- Sí. En el mundo donde los islamistas gobiernan, las mujeres son las que pagan primero. Cuando publiqué esta novela el 6 de agosto del año pasado, una semana después, los talibanes aprobaron leyes que prohibían a las mujeres hablar y reír. ¿Quién es el más islamófobo? ¿El que ensucia el islam con islamismo o el que denuncia los a islamistas? Los islamistas o el Daesh [acrónimo en árabe de Estado Islámico] son los más islamófobos.
P.- ¿Con qué islam se identifica?
R.- Con el de mis abuelos. Es una religión normal, tolerante y pueblerina, que acepta a los demás, hospitalaria, y que sobre todo, no trata de imponer sus ideas a los demás. Mi abuelo recibía a la gente en su casa, pero nunca decía: Tienen que hacer lo que yo hago ni lo que yo quiero.
P.- ¿Sigue siendo ese islam mayoritario en Argelia?
R.- Sí, entre los agricultores. Pero los islamistas controlan las escuelas de Argel, por lo que desde hace años han empezado a fabricar los modelos que les imitan. Cuando perdieron la guerra civil, dijeron: queremos controlar la justicia y la educación. Y han transformado la sociedad.
P.- ¿Con el beneplácito del ejército?
R.- Es posible, pero en esta novela va más allá de la política. ¿Cómo podemos volver a la vida después de la guerra?
P.- Precisamente sobre esta novela pesan dos demandas de Saada Arbane, una víctima de la guerra civil que le acusa de haberse apropiado de su historia. Su esposa fue su terapeuta…
R.- Puede decir lo que quiera. Cuando haces una novela sobre una guerra, siempre hay gente que se identifica. Alguien que novele sobre la Guerra Civil española tendría el mismo problema. Puede ir a la justicia y reclamar. Pero si todo un Gobierno, un Estado, un régimen, todos los medios de comunicación se involucran en ese asunto, ya es un asunto político y no de justicia. [¿Estaría dispuesto a reunirse con ella?] A mí no me molestaría en absoluto. Pero sé muy bien que es una mujer que está sometida a muchísima presión. Hubo muchos programas de televisión sobre ella. Nunca se mencionó la palabra islamista. Nunca se dijo quién le había hecho daño. Siempre dijeron que el escritor era el criminal. Sólo conté una historia. Entiendo el dolor, pero es un trabajo necesario. Y quería rendir homenaje a las víctimas del terrorismo, presentarlas como personas heroicas. Ahora bien, este es un trabajo que no ha hecho mi país. Personalmente, me hubiera gustado que Argelia fuera como la protagonista. Para curarte, tienes que aceptar el pasado. Y es una guerra de 10 años que dejó decenas de miles de víctimas. Gaël Faye ha escrito Jacaranda, una novela sobre la violencia en su país, Ruanda. No ha tenido ningún problema, porque su país ha hecho ese trabajo de memoria. Si la hubiera publicado sobre Argelia, hubiera tenido el mismo problema que yo, porque es un trabajo que no se ha hecho. El régimen rechaza el trabajo de justicia, verdad y reparación. Es por eso que manipula a las personas contra mí, porque se trata de quitarle crédito a las personas. Y para poner el debate en otro lugar. Ahora, estamos en una situación en la que los asesinos están fuera, caminando libres, y a mí es a quién condenan. Es algo bastante grosero.
P.- Me pregunto si esa Argelia actual y ese pasado olvidado se nutre también de esa rivalidad con su vecino Marruecos. Pareciera que ambos países se retroalimentan para justificarse…
R.- Es muy triste como historia. Soy magrebí. Me encanta Marruecos, me encanta Argelia. Entonces, lo que pasa me parece muy triste. Procede del mismo motivo. En lugar de reparar nuestros países, pensamos que el enemigo es el otro. Después de diez años de guerra, a la única persona que han condenado es a mí. No creo que Marocus sea un país extranjero. Vivo muy cerca, así que no veo la diferencia. ¿Qué van a hacer? ¿Van a gastar todo su dinero en armas? Necesitamos carreteras y cultura, universidades y hospitales.
P.- ¿Qué opinión tiene del conflicto del Sáhara Occidental?
R.- Como la mayoría de los argelinos, jamás entendí el problema. Os puede sorprender, pero la mayoría de los argelinos no lo entienden. No tenemos acceso a ese territorio, no tenemos acceso a los campamentos. Quisiéramos que hubiese una solución para todos. Pero sinceramente, a los argelinos jamás nos han explicado lo que es. Yo he hecho la pregunta al presidente y me ha dicho que es un tema de principios, pero no lo entendemos. Me hubiese gustado ir para verlo.
P.- Pero tendrá una opinión sobre el origen del conflicto…
R.- Le juro que puedo repetir lo que dicen algunos periódicos, pero desde hace mucho tiempo también soy periodista y prefiero hacer una opinión sobre algo sólido. Me gustaría entender. Pienso que si queremos construir un gran Maghreb, habría que encontrar una solución que no hiera a nadie.
P.- ¿Tiene esperanza de que Argelia pueda salir de su laberinto?
R.- Cuando veo el estado de nuestras escuelas, tengo dudas. Una nación empieza en la escuela, con los libros de texto y la cultura. Lo que está ocurriendo ahora no nos da muchas esperanzas. Lo que nos mantiene esperanzados es que los argelinos siempre han sabido recuperarse. Cada vez que amenazamos con tocar fondo, nos recuperamos. Es un país que renuncia a muchas cosas, pero que rinde culto a la libertad. A mí me acusan de muchas cosas. Siempre les digo que soy un verdadero argelino. Porque en el colegio me han enseñado el culto de la libertad y el sacrificio por la libertad. Y ahora mismo es lo que estoy haciendo. Lucho por mi libertad. Y me da miedo porque la única fuerza política organizada ahora son los islamistas. Es la única que tienen una visión del futuro. Los demás solo viven de los recuerdos.
P.- ¿Cómo puede cambiar Algeria?
R.- Desconfío de las rupturas violentas, porque se vuelven aún más violentas. Creo que en algún momento habrá que reformar la escuela. Tenemos que sanear nuestra relación con Francia. Porque mientras digamos que todo es culpa de Francia, no asumimos nuestra responsabilidad. Tenemos que sanar la relación entre islam e islamismo. Porque en este momento, tenemos gente que quiere conservar el poder y que, cuando se le cirtica, te dicen que estás en contra del Islam, y por tanto en contra de la identidad argelina. Es como si quieres reformas o democracia en España, la Iglesia te dice: no, estás atacando a Dios.
P.- Hemos hablado mucho de la historia de Argelia, pero también habría que conversar sobre Francia y su historia. ¿Tiene Francia alguna deuda con su pasado colonial?
R.- Por supuesto, tiene que solucionar su problema, pero no confundo colonización con cultura francesa. La guerra de Argelia se libró contra la colonización. No fue contra los franceses, ni contra ellos. Eso es muy importante aclararlo. Creo que debemos recordar, pero no podemos pedir a Francia que se disculpe cuando no pedimos a los islamistas que pidan también disculpas. Debemos recordar ambas cosas.
P.- No sé si tiene la visión de que la élite francesa adolece de cierta arrogancia al abordar este tema…
R.- No. Yo creo que tanto en Algeria como en Francia, tenemos radicalidades mediáticas. Y en cuanto una habla, el otro comenta, y tenemos la sensación que toda Francia y toda Algeria están ahí. Si yo leo la prensa de extrema derecha en España y le respondo, los argelinos van a pensar que toda España es así. Hay un efecto de lupa mediática que falsifica el debate. Reflexionemos sobre nuestras propias debilidades. Si te pasas la vida hablando con el ex colonizador, no eres un país independiente. Necesitamos construir una verdadera soberanía, una verdadera conciencia moral.
P.- En la peluquería de la protagonista, las mujeres crean un universo paralelo al de la mezquita que se escucha de fondo. ¿Es posible un islam sin hiyab?
R.- Sí, claro. ¿Por qué no? Quizás podamos tener protestantes musulmanes. Podría comenzar el día en el que el Corán se traduzca al argelino o al egipcio. Ahí es donde va a empezar la reforma, como con Lutero. Todo el problema radica en el acceso al significado. Las élites del mundo musulmán deben reflexionar sobre el corpus religioso. Esto es peligroso. No podemos avanzar si no tenemos este cuerpo de pensamiento. Tendremos terroristas hoy y mañana. Las mismas leyes producen los mismos efectos. Así que tenemos que pensar en los textos.
P.- ¿Es ese proceso de liberación uno de sus sueños?
R.- Sí. A mi también me gustaría ser español. O mejor que un español.
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