Alguien incapaz de dejar a los niños con el canguro, allí en el luminoso estanque de banderas y nenúfares de su chalé de Galapagar, para irse donde se decide el destino de su partido moribundo, es imposible que se plantee la posibilidad real de renunciar a la ortodoxia. Por la ortodoxia de una paternidad alegórica, por el babero de una izquierda que cría a los hijos con teta de hombre y leche de algodón, Iglesias se quedó en casa. Qué no haría por la ortodoxia fundamental del partido. Seguramente morir, matarse o matar a todos políticamente en su piscina de humus y juncos.
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