Recuerdo que en la capilla ardiente de Rubalcaba estaban también sus envenenadores, o estaban sobre todo sus envenenadores, indistinguibles de los amantes galantes, como haciendo juego con aquellos salones de divanes goyescos, secretito en el arpa, ujieres de sopera y bustos romanos del Congreso. Pedro Sánchez conversaba con Rajoy ante el ataúd de Rubalcaba, ante la sombra de viuda en un invernadero que dejaba Susana Díaz y ante la presencia de perchero de sus chaquetas que tiene Zapatero, y era como si todos hubieran bebido de la tacita de cianuro del otro y ya nadie supiera quién había acabado con quién. Decía Umbral que en los velatorios se va a matar al muerto, pero allí casi todos habían matado y casi todos iban para muerto. El caso es que lo que parecía Rubalcaba no era el difunto, sino el único que había sobrevivido a la conspiración.
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