Este Gobierno de progreso ha convertido la electricidad en un pecado, en una perversión, en algo con horario de dos rombos, como la tele de antes y el vicio de antes. La plancha nocturna, fetichista, como planchar en bolas, excitado de la ropa limpia y caliente, como recién traída por una criadita con olor a mantequilla y a Avon. La lavadora nocturna, los centrifugados apasionados, convulsionados, desesperados, que se escuchan en la casa del vecino en la madrugada, como si ese sexo con crujido recatado de somier y de camisón duro, con golpes de santa caoba matrimonial como la caoba de un confesionario, hubiera sido sustituido por el sexo brutal de la fontanería contra todo el edificio. La tele nocturna, tres episodios de tu serie como tres orgasmos culpables, como tres fantasías solitarias, entre pañuelos y colirios, entre sudores y migas. El puritanismo no elimina el pecado, sólo lo empuja a la oscuridad, al secreto, a la culpa. Y esta izquierda es sobre todo puritana.
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