La vieja y archiducal Europa, salvada por Estados Unidos de ella misma dos veces (o muchas más), incapaz de la unión política y de una defensa común, yo creo que lo va a solucionar todo ahora, en esa reunión de té que ha convocado Macron y a la que asistirá Sánchez como una dama de orfeón, llevando galletas y chismes. España no tiene mucho poderío militar ni económico, pero Sánchez tiene retórica y muselina de sobra para este tipo de cumbres de gran urgencia y poca repercusión, como las señoras que se juntaban, con mucho aleteo de guantes y sombreros, para derrotar el pecado.

En cuanto Estados Unidos ha decidido ir a lo suyo, Europa se ha encontrado ante su propia debilidad e, inmediatamente, ha convocado una reunión para consolarse con pasteles y purgatorios. Incluso Kissinger hablaba del "ímpetu moral" que permite a algunas naciones cambiar el mundo de acuerdo con sus "valores". Pero con Trump ya no hay valores ni diplomacia, ni siquiera diplomacia imperial magnificente o displicente. Sólo hay negocio y chantaje con solares y tumbas. Ahora, las señoronas europeas (Sánchez el primero) declararán a Trump un patán y se sentirán civilizadas y satisfechas.

Estábamos un poco ciegos en nuestros jardines éticos, intelectuales o sociales, como esos nobles que jugaban a la gallinita ciega, que por cierto es lo que parece esta reunión de Macron

Europa no puede defender a Ucrania porque no puede defenderse a sí misma, cosa que no es culpa de Trump. Europa ni siquiera puede defender a Ucrania de Trump, que está dispuesto a venderla a Putin o a sus propios dueños, pero a venderla en cualquier caso, sin ser suya siquiera. Cuando se junten en el Elíseo, como en una égloga de Virgilio, Macron, Von der Leyen, Rutte, Costa, la Europa de príncipes electores y condestables y la Europa de las teas y el sambenito (la de Sánchez), no habrá que hablar tanto de Ucrania ni de Trump como de la propia Europa. Tendrán que hablar de que Europa se ha convertido en un saloncito de té, pero lo harán precisamente en un saloncito de té, moviendo sus cucharillas como espadas flamígeras o como hisopos. La propia reunión, con algo de picnic impresionista y algo de schubertiada, pequeña, improvisada, ilustre, engolada, crucial y seguramente inútil, ya me parece una manera de consagrarse al fracaso y a la decadencia. Nuestra unión o desunión política o sentimental, ahí, expresada en una reunión con diván, ponchera y clavicordio, entre el divertimento y el esoterismo, como una reunión de mesmeristas. Deben de estar temblando Putin y Trump.

Europa lleva desde el Imperio Romano queriendo volver a ser el Imperio Romano, hasta que eso sólo lo consiguió Estados Unidos, lo que son las cosas. Aquí tenemos el orgullo de las ruinas y allí tienen el orgullo del hierro y el oro, aquí tenemos los filósofos y los reyes y allí tienen los colonos y los mercaderes, aquí tenemos la superioridad moral (y eso que Europa inventó los totalitarismos) y allí tienen la superioridad sin más, la superioridad económica y militar. O sea, allí tienen el poder de verdad frente a las ensoñaciones aristocráticas, un poco ilustradas y un poco naífs, de nuestros imperios fluviales, musicales, utópicos y románticos. Aquí tenemos reuniones alrededor de diatribas nacionales, nacionalistas o puristas como alrededor de estanques con estatua meona y cisnes sinfónicos, y allí un tío que es como el Pocero está asegurando que el que salva a su patria no puede incumplir la ley y decidiendo qué partes del mundo puede comprar al peso o quedarse gratis, simplemente porque nadie puede pararlo.

No sé cuándo creyó Europa que su renuncia a la fuerza significaba la renuncia de todo el planeta, sobre todo después del espejismo de Fukuyama, de ver cómo fanatismos y extremismos antiguos y nuevos ganaban fuera y empezaban a ganar dentro también. Estábamos o estamos un poco ciegos en nuestros jardines éticos, intelectuales o sociales, como esos nobles que jugaban a la gallinita ciega, que por cierto es lo que parece esta reunión de Macron, una gallinita ciega de Goya por praderas parisinas como praderas de San Isidro. Nos confiamos o nos perdimos entre el buenismo y la comodonería, y nos debilitamos en la burocracia y la división (seguimos siendo reinos godos con rey orgulloso y velloso e intereses enfrentados o incompatibles, incluso dentro de los mismos países, ya lo vemos en España). Así que ahora nos encontramos con que Estados Unidos no se comporta como pensamos que lo haría, ni Putin se comporta como pensamos que lo haría, ni el resto del mundo se comporta como pensamos que lo haría. Ni siquiera nuestros propios ciudadanos, ni nuestros propios políticos, se comportan como pensamos que lo harían, así que con asombro y pereza lo único que se nos ocurre es convocar estas reuniones que están entre zafarrancho de damas de caridad y retiro del Decamerón, entre la complacencia y la negación.

De la siesta pastoral o del abotagamiento histórico nos empezó a despabilar Putin y nos ha terminado de despertar, a garrotazos, Trump. Europa, la vieja Europa hermosa pero quizá ya podrida como una luna de Venecia, se tiene que plantear ahora, porque curiosa o locamente nunca se lo planteó antes, qué hacer sin las comodidades que nos proporcionaba Estados Unidos y sin la seguridad que nos proporcionaban la ceguera voluntaria, la inacción perversa y la falsa superioridad moral. Eso sí, Sánchez me parece el más inútil de los convocados, él que es justamente la ceguera voluntaria, la inacción perversa y la falsa superioridad moral. En el Elíseo, entre vajillas de patos como todavía de los Pompadour y muchos chovinismos enfrentados pero convergentes, como espejos versallescos, seguro que lo solucionan todo. El presidente americano será declarado culpable y Sánchez volverá valiente y bailón por haberlo enviado al infierno fascista y a su museo de la mentira, tan parecidos, en realidad, en Sánchez y en Trump. Y ya podremos sentirnos otra vez civilizados y satisfechos.