“Siempre que un papa está enfermo corre brisa o huracán de cónclave”. Esta fue la peculiar respuesta de Francisco al periodista Carlos Herrera cuando este le preguntó sobre su salud. Aunque el pontífice realizó semejante afirmación con su habitual y característico sentido del humor y dejando entrever una sonrisa pícara en su cara, no deja de ser una verdad como un templo. Si a ello se le suma que quien se sienta actualmente en la cátedra de Pedro es un hombre anciano de 88 años, con problemas de movilidad y comorbilidades asociadas a problemas respiratorios previos, se genera la tormenta perfecta.

Desde el momento de su elección en 2013 como sucesor de Benedicto XVI, Francisco ha acometido en la Iglesia una serie de reformas, algunas de ellas de gran calado, e impreso un sello muy personal al pontificado, menos enfocado en cuestiones doctrinales que sus antecesores, pero mucho más atento a cuestiones pastorales en torno a la misericordia, la justicia social o la inclusión de las periferias tanto geográficas como existenciales. Una transformación caracterizada por una creciente sinodalidad y una mayor apertura hacia determinados colectivos sociales que ha sido alabada desde los sectores más progresistas que le consideran un papa dispuesto a modernizar la Iglesia y adaptarla a los nuevos desafíos, pero que también ha generado fuerte resistencias entre los más conservadores al entender que con ello no hace sino socavar la tradición católica y su doctrina.

Francisco nunca ha cerrado la puerta a una renuncia, de hecho, la redactó a los pocos días de su elección y se la entregó al entonces secretario de Estado, el cardenal Bertone

Francisco nunca ha cerrado la puerta a una renuncia, de hecho, la redactó a los pocos días de su elección y se la entregó al entonces secretario de Estado, el cardenal Bertone, para que se hiciera efectiva en caso de impedimento sobrevenido e irreversible. Siempre ha afirmado que la decisión de su predecesor no tuvo un carácter exclusivo, sino constituyente y que respondería de forma idéntica si no se sintiera con las fuerzas suficientes. De momento ha zanjado cualquier atisbo de renuncia ligado a sus problemas de movilidad dejando claro que la barca de Pedro se gobierna con la cabeza, no con la rodilla. Sin embargo, no hay que olvidar que Bergoglio es un hombre de acción, de gobierno, breado en la dirección pastoral de la archidiócesis de Buenos Aires durante, quizá, uno de los peores momentos de la historia de Argentina. Fue elegido para llevar a cabo reformas y su intención parece ser acabar sus días con las botas puestas.

En cualquier caso, el estado de salud del pontífice no solo plantea interrogantes acerca de su capacidad para liderar la Iglesia en el corto plazo, sino también sobre la dirección que esta emprenderá en un futuro cada vez menos lejano, una decisión que escapa al margen de actuación del propio papa y que habrá de ser dilucidada por el Colegio Cardenalicio reunido en cónclave con aquellos de sus miembros que, al inicio de la sede vacante, no hubieran cumplido aún los 80 años de edad ni hubieran renunciado a esta prerrogativa que lleva aparejada el cardenalato.

Actualmente, existen 252 cardenales, de los cuales desde el 1 de marzo serán electores 137. De ellos, más de 109 habrán sido elevados a la púrpura por Francisco, lo que equivale a más de los dos tercios necesarios para ser elegido papa. De todas maneras, en tanto en cuanto el voto es secreto y cada elector posee plena libertad para escribir el nombre de aquel que juzgue más apto a la luz de su conciencia examinada ante Dios, todo es imprevisible y la incertidumbre se apodera de los círculos vaticanos, máxime, cuando todos los cargos de la Curia, a excepción de unos pocos casos muy tasados, decaen al momento del fallecimiento o de la renuncia efectiva del pontífice reinante.

La única certeza es que el cómo se gestionará la herencia de Bergoglio dependerá de a quién señale el Espíritu Santo cuando llegue el momento

Desde hace algún tiempo en los medios de comunicación han comenzado a circular listas tentativas de aquellos cardenales que, sobre el papel, tendrían más probabilidades de alcanzar la mayoría suficiente para ser elegidos, quinielas de papabili que no siempre aciertan pues, como reza el dicho, “quien entra papa al cónclave, sale cardenal”.

Por consiguiente, no es de extrañar que el proceso de transición entre el pontificado de Francisco y el de su sucesor, al que el propio papa suele referirse como “Juan XXIV”, genere no pocos desvelos sobre el rumbo que este último imprimirá a la Iglesia. La única certeza es que el cómo se gestionará la herencia de Bergoglio dependerá de a quién señale el Espíritu Santo cuando llegue el momento.

Así, el declive de la salud del papa Francisco aventura una serie de escenarios que van desde la continuidad con los esfuerzos llevados a cabo en estos doce años por el primer papa latinoamericano de la historia, hasta posicionamientos más conservadores entremezclados con infinitas combinaciones entre ambos extremos.

En estos momentos en los que ya soplan, cuanto menos, alisios de cónclave, la Iglesia Católica se encuentra en un punto de inflexión que determinará el rumbo espiritual de sus más de 1.400 millones de fieles a nivel mundial.


Luis Rodrigo de Castro. Profesor de Derecho Internacional Público y RRII en la Universidad CEU San Pablo