Los matices suelen brotar como fruto de la reflexión. Quien publica un discurso o una obra con múltiples tonos trata con respeto al espectador. Presupone que sus cinco sentidos funcionan y que, por tanto, puede alcanzar grados de percepción elevados. La propaganda persigue todo lo contrario. El aparato del Estado no recluta a matoncillos como Idafe Martín por su capacidad para analizar las circunstancias en una escala policromática, sino por la forma en la que toca el tambor, que es decidida.

La percusión no admite escalas. Consiste en agarrar las baquetas o la maza y desplazar ese elemento hacia la zona que se quiere percutir. Pum, pum, traca-traca; pum, pum, tracatrá. Los hombres de las cavernas ensayaron este mecanismo muchos siglos antes de que Haendel compusiera El Mesías y atribuyera su inspiración a algo sobrenatural. En las cavernas surgieron las batucadas. No hacían falta escalas. A Idafe tampoco le sirven de nada. Se trata de aporrear. Machacar. um, pum, traca-traca; pum, pum, tracatrá. No es necesario ni siquiera saber cantar. Tan sólo se requiere seguir el ritmo que marca Pedro. Casi cualquier idiota podría tocar ese instrumento.

María Jesús Montero se situó el pasado sábado delante de un atril y le faltó el tambor. Quise aconsejarle el uso de este artefacto el pasado mayo, cuando se plantó en el balcón de Ferraz mientras su jefe se tomaba “cinco días de reflexión” y se golpeó en el pecho con el puño ante una pírrica masa de afiliados. La vicepresidenta del Gobierno no simuló apuñalarse el corazón la semana pasada, en el citado acto del PSOE, pero pronunció un discurso incendiario que vino a decir que cuando una mujer joven denuncia una agresión sexual… a lo mejor no hay que ser tan exigentes con la presunción de inocencia. La justicia acababa de absolver a Daniel Alves y Montero consideró escandaloso que el tribunal no le condenara pese a las dudas expuestas en la sentencia.

Llegados este punto, el Gobierno de España pide a los jueces que confíen ciegamente en el testimonio de determinados grupos de población. ¿Por qué iban a mentir o a dar falso testimonio? 

El efecto rebote

Quiso la casualidad que el día antes terminara de ver Adolescencia, que es la enésima serie de Netflix que la crítica vende como la mejor de la historia, pero que, para variar, no pasa de la calificación de mediocre-alto. Cuenta la historia de un muchacho de 13 años que asesina a una compañera de instituto. A partir de ahí, se desarrollan cuatro capítulos, con otros tantos planos secuencia -que pueden verse como una hazaña o como una limitación-, en los que el chico reconoce que su acción estuvo motivada por las teorías incel que leyó en internet.

La Red es un enorme foco de basura que está conectado con diferentes tuberías que vierten constantemente residuos tóxicos. Ese espacio sirve muchas veces de vertedero de frustraciones y hay quien se aprovecha de esta situación para manipular. De ahí que hayan surgido teorías como la que cita el protagonista de esta serie, que afirma que el 80% de las mujeres sólo quieren estar con el 20% de los hombres. Eso ha llevado a muchos chavales a desarrollar cierto resentimiento por las mujeres. La frustración del rechazo se convierte en algo venenoso cuando alguien la malinterpreta con delirio quijotesco. El protagonista de Adolescencia se envenenó y cometió un acto salvaje. El paroxismo del odio conduce a la tragedia.

Quien haya explorado el ecosistema de podcast sabrá que ese intento de sembrar la discordia y el resentimiento entre sexos -absolutamente estúpido- también existe de ellas a ellos, en productos que son igual de revanchistas y que no se distribuyen en Forocoches, en Reddit o en los grupos de enfermos mentales que se forman en las redes sociales, sino en determinadas plataformas que gestionan grandes grupos de comunicación. Todos estos productos se alimentan de la sinrazón de los radicales para distribuir doctrina entre los suyos. Así que no tengo ninguna duda de que las palabras de 'Las Monteros' -de Irene y de la ministra de Hacienda- han sido combustible de inmejorable calidad para estos grupos.

Los padres

Hay un momento en la serie de Netflix que es muy bueno. Los padres del asesino se sientan en la cama del muchacho -en prisión- y reflexionan sobre su educación. ¿Qué hemos hecho mal?, se preguntan. Recuerdan durante la conversación que el chico se quedaba hasta tarde con la luz encendida de su habitación, mientras le dedicaba tiempo a internet. "Es imposible controlar todo", decía el padre, quien advertía de la peligrosa combinación que se produce cuando los progenitores están muy ocupados por sus trabajos y sus hijos pasan mucho tiempo en la Red, expuestos a la morralla.

Aquella frase me recordó al día en que entrevisté a Pepe Mujica. Su discurso suele ser efectista y falsario, pero aquel día comentó algo que me dio que pensar. A su juicio, en un mundo en el que los padres trabajan de sol a sol para tener lo básico, los muchachos se sienten cada vez más solos y buscan refugio en lugares tenebrosos, donde se sienten resguardados y comprendidos, aunque sea entre teorías chifladas. Carecer de tiempo para la educación cercana es uno de los grandes males contemporáneos, sobre todo, cuando "no se puede controlar todo" y todo lo virtual está lleno de peligros, como decían los padres de la serie.

El problema es que discursos incendiarios y radicales, como el de María Jesús Montero del pasado sábado, también sirven para polarizar y fanatizar a esa población que busca respuestas en lugares equivocados. Son la mecha que enciende hogueras. Tras escucharlos, unas pensarán que existe una justicia que no las cree y que las repudia por ser mujeres. Otros considerarán que el Gobierno y sus feministas les consideran culpables por el mero hecho de haber nacido hombres. A ninguno se empeñarán en explicarle que, ante la existencia de una duda razonable, un acusado nunca puede ser condenado a una pena de cárcel; y que eso no es machista, sino que se basa en el principio de que una sociedad sólo es justa y libre cuando respeta la presunción de inocencia. Es lo de la fórmula de Blackstone: "Es mejor que diez personas culpables escapen a que un inocente sufra".

Sería lo suyo que Montero dimitiera a la vista de lo dicho y hecho, pero, lejos de reconocer su error, este lunes afirmaba en sus redes sociales que "no va a aceptar lecciones del PP". El fango no es sólo cosa de la derecha, de los periodistas críticos y de las redes sociales. También lo son ellos. Los del tambor. Pum, pum, taca, taca... y no me pida usted más sofisticación, que con esto vale para lo que yo hago, que, a la vez, digo que es lo que no hay que hacer.