José Luis Rodríguez Zapatero ha presentado este martes su último libro en Madrid. Hacía un sol radiante a mediodía que se escondió poco a poco entre las nubes mientras el día evolucionaba hasta el crepúsculo. Son extrañas estas tardes primaverales. Abril es el infierno del ciclotímico porque cada jornada tiende a ser inestable e imprevisible. Puede llover o puede hacer sol, que puede ser caliente o frío. Estos días son espejo de locos y objeto de desesperación para desanimados. Quizás sobre aquí el parte meteorológico y emocional, pero estas líneas son seguramente más honestas que lo que se describirá a continuación. No convenía dejar todo un texto huérfano de verdad.

Rodríguez Zapatero adoptó hace un tiempo un tono de párroco. A lo mejor fue a clases de interpretación o quizás se obsesionó con la entonación de los discursos de los grandes líderes con espíritu quijotesco. Lo cierto es que su entonación es melodramática, casi eclesial. Se ha presentado esta tarde en el Barrio de Salamanca madrileño como un hombre de paz; como "un viejo corredor de fondo" en la defensa de este concepto y de la no violencia. Como un ensayista cuya pluma ha compuesto "un canto a la paz" en una obra narrativa, que se llama La solución pacífica y que edita Plaza & Janés.

El expresidente ha intentado remover la conciencia de los presentes con un discurso contra la tensión, contra el enfrentamiento y contra la forma trumpista de concebir el mundo. En estos tiempos -dice- el pacifismo suena naíf y eso es un problema. A su lado, estaba el ministro José Manuel Albares y quien fuera jefa de Opinión del diario El País, Máriam Martínez-Bascuñán, quien no ha demostrado un menor fervor que los que habían llegado en taxi desde Ferraz. Son extrañas estas tardes madrileñas. Se reparten vítores en las presentaciones de libros que se organizan en sus salones. No hay un autor malo, aunque casi todos lo sean. La admiración por el escribiente se distribuye en cantidades industriales, incluso aunque seas periodista y te toque dirigirte a un político. ¿Disimular para qué? Martínez-Bascuñán ha reconocido que forma parte de la generación que le votó.

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero (c), presenta su libro "La solución pacífica" este martes, en Madrid.
El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero (c), presenta su libro "La solución pacífica" este martes, en Madrid. | EFE

Nuestro Kennedy

Mención hecha al coro, conviene desbrozar hasta el cogollo, que es el del discurso del líder, que alcanza la estratosfera conceptual, quizás un poco más abajo que el lugar donde flotan los arquetipos platónicos, pero por encima de las avionetas. Considera Zapatero -y así lo refleja en su obra- que los dos escritos más importantes de la historia política son la Carta de San Francisco y la Declaración Universal de Derechos Humanos. Estos textos no sólo aseguraron el entendimiento entre naciones; y la cooperación y la colaboración mutua en pos de la superación de las diferencias “coyunturales”, sino que también sentaron las bases de una filosofía que busca la paz, la memoria y el respeto a las 190 millones de víctimas que dejaron las guerras del siglo XX.

Sostiene el exmandatario que hay que superar las diferencias para imponer la paz, dado que la paz tarde o temprano desemboca en la democracia si las ideas que se defienden son rotundas y adecuadas. La pregunta es si hay que tener una tolerancia absoluta con quienes defienden modelos de convivencia distintos. Tan distintos, por ejemplo que vulneran varios de los puntos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El régimen chino persigue a los uigures. Los interna en campos de reeducación en los que los somete a lavados de cerebro, torturas y a procesos de esterilización, como cuenta Tahir Hamut Izgil en su tenebrosa biografía.

Zapatero dice que hay que superar prejuicios y paternalismos a la hora de juzgar lo que sucede en otros lugares del planeta. Siempre ha apostado por esa filosofía. La pregunta es: ¿cómo se conjuga la teoría con la práctica? ¿Es menos repulsiva una matanza racial en China que un bombardeo en Gaza? Si la filosofía es la paz: ¿por qué entonces compadrear contra quienes miccionan a mano cambiada sobre ella? ¿Por qué apoyar un lobby chino? ¿Qué diferencia a unos autoritarios de otros si en realidad todos vulneran los derechos humanos?

Un hombre de Estado

Se sacaron Zapatero y Juan Carlos Monedero una fotografía en Caracas hace un tiempo. El primero participó hace unas semanas en un acto en defensa de los derechos humanos que organizó el régimen de Nicolás Maduro en El Helicoide, centro de detención y tortura de presos políticos en Venezuela, como ha denunciado la oposición de ese país y los distintos informes de Amnistía Internacional. Convendría preguntarse si los defensores de la paz en el país caribeño caerían en un 'inadecuado ejercicio de paternalismo' -esta palabra la tiene siempre en la boca Zapatero al hablar de América Latina- si cuestionaran la existencia de esa especie de cheká contemporánea. Habría también que plantearse si es compatible la defensa de la declaración universal de 1948 con el compadreo con una dictadura que, el pasado octubre, tras el pucherazo electoral, rechazó la renovación de la Misión de la ONU en ese país al considerarla "despreciable".

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero (d), junto al ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares (i), presenta su libro "La solución pacífica" este martes, en Madrid.
El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero (d), junto al ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares (i), presenta su libro "La solución pacífica" este martes, en Madrid. | EFE/ Rodrigo Jiménez

Parece ser que la filosofía pacifista de Rodríguez Zapatero es inmune a estas realidades, a las que considera "coyunturales", como todos los gobiernos y regímenes. Su filosofía es la de la paz y la de la negociación que asegure la convivencia y el respeto entre países. Con China, con Rusia, con Ucrania y con todas las naciones. Sobre el rearme europeo, afirma: "Nosotros no vamos a entrar nunca en una carrera belicista y armamentística". Europa sólo debe perseguir la paz; porque es un proyecto de paz, afirma.

Su libro ofrece una perspectiva sobre su visión del "multilateralismo" y del "Sur global". Lo dice como un "incansable" luchador por la palabra de tres letras que ha repetido en múltiples ocasiones y que quiere imponer pese a que no se siente "nada orgulloso" de la especie humana.

Altos cargos de Ferraz y periodistas independentes como Angélica Rubio han asistido al acto organizado en la Fundación Bertelsmann. Fuera le esperaba Vito Quiles. Poco antes de que llegara, una mujer española que tiraba de un carrito de bebé, gritó: "Pero vete a Venezuela de una puta vez". Hay quien no entiende la paz en su máxima expresión.

De las menciones a García Márquez y a Antonio Gamoneda -al que su gobierno entregó el Cervantes-, mejor no hablar demasiado. Los diabéticos ya tendrán suficiente con el patético primer párrafo de este artículo.