Si se entiende populismo como la propaganda dirigida a generar adhesión e identificación por medio de mensajes esquemáticos con carga emocional, ha de admitirse que se trata de un fenómeno transversal, pues es imposible urdir un discurso político dirigido a las masas sin incurrir en esas estrategias. Es patente que esa transversalidad se da, sin embargo, en dosis muy distintas. Desde la vaga y discreta referencia a unos valores muy genéricos hasta la explícita confrontación amigo-enemigo, teorizada en los años 20 por Carl Schmitt, adalid del voluntarismo político y del principio del caudillo o líder (Führerprinzip), caricaturizando al rival o atribuyéndole todos los males de este mundo. Pero la nuez que la espuma demagógica esconde suele ser el intento por mantener o alcanzar unos privilegios estamentales o de casta y garantizar los intereses del grupo, familia o secta. 

Mientras se vació la escuela pública y se empobreció la universidad, los vástagos de los responsables cursaban sus estudios en centros privados. Este cinismo político y social no impide gritar con estridencia ante una audiencia cautiva o previamente convencida los bienes de una educación pública que ha sido implacablemente desmantelada. Con el aullido retórico que dé carnaza a los medios se deplora la enseñanza privada días después de haber aprobado una nueva ley educativa que la favorece al socavar para la pública la autoridad docente, eliminar filtros de calidad y pruebas objetivas, regalar titulaciones con cargo a los presupuestos del Estado y, en consecuencia, condenar a los menesterosos a contentarse con la precariedad laboral y la dependencia intelectual e ideológica.

Con el aullido retórico que da carnaza a los medios, se deplora la enseñanza privada días después de haber aprobado una ley que la favorece

Cuando se anuncia ahora "el endurecimiento de los criterios para la creación de universidades privadas" se está logrando el doble objetivo de alimentar los ánimos cainitas de la sociedad y al mismo tiempo consolidar privilegios adquiridos por la casta política y los que la obedecen. Cuanto más exaltadas son las proclamas en defensa de lo público más eficaz resulta el discurso que legitima su privatización. El dato frío que desvela esta velada promoción de los centros privados lo muestra el aumento de alumnos matriculados en universidades privadas desde 2018 con respecto a los matriculados en universidades públicas.

La cruda realidad es que los estudiantes que no pueden acceder a un bachillerato de calidad están expuestos a no entrar en el grado que desean, mientras que los que no llegan por nota, pero tienen recursos económicos suficientes, accederán a la carrera elegida, con lo cual la brecha se cronifica. Pero no parece que se considere la urgente unificación de la selectividad a escala estatal –a pesar de que sí se anuncia una centralización estatal de la universidad a distancia– que elimine los privilegios regionales por las diferencias de nivel exigidos en las pruebas de acceso en las distintas comunidades, cuyos alumnos, sin embargo, pueden entrar en cualquier universidad del territorio nacional, flagrante desigualdad. Una selectividad que no selecciona por criterios académicos selecciona inexorablemente por otros criterios. De facto, esos criterios de discriminación son socio-económicos, con la resultante de que años de legislaciones educativas adornadas o embadurnadas con el venerable timbre del progreso han producido segregación real de los menos dotados de recursos.

Así, los que no pueden acceder a la depauperada e ideologizada universidad pública van a la privada, que absorbe ese exceso de demanda, o bien quedan expulsados de los estudios superiores o condenados a grados indeseados y a la precariedad laboral característica de ciertas carreras con poca demanda. 

Fijar criterios objetivos de verdadera calidad para la enseñanza aplicable a la universidad, sea pública o privada, es un saludable negocio que asegura beneficios para la sociedad, pero cuando son los intereses ideológicos anticientíficos y antiilustrados los que priman en el diseño de esos filtros, el resultado es la colonización de lo que es de todos por parte del poder político, privatizando instituciones que sólo nominalmente serán públicas.

De modo que la privatización ideológica de la universidad pública parece haber seguido la siguiente e inquietante secuencia: pauperización de la enseñanza secundaria, exceso de demanda que la oferta de la universidad pública no puede absorber, rebaja en los criterios de exigencia de la prueba de acceso a la universidad (descentralizada), beneficio para las privadas, retórica populista contra las privadas ("chiringuitos"), control por parte del Gobierno y la ANECA, dependiente del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, que regulan las licencias para los centros privados, instados a aceptar las condiciones impuestas y, en consecuencia, potencial colonización política e ideológica de la pública y la privada. El plan perfecto. La Universidad convertida en oficina para expedir titulaciones sin apenas valor real, laboral y profesional, salvo en ciertas facultades, lo cual obliga a los estudiantes a cursar carísimos estudios de postgrado o desemboca en la fuga de cerebros al extranjero. De templo público del saber a organismo privado de contratación y fidelización sectaria. Sic transit gloria mundi.