Las monturas antiguas de gafas no dejaban un centímetro de espacio para las lindezas. Las ópticas practicaban el brutalismo. Las gafas de Ramón Tamames en el año 77 se construyeron en color marrón y con cristales grandes, lo que era sinónimo de orden constitucional y socialismo ortodoxo. Las lentes otorgaban una visión marxista de la realidad, de modo que si aparecían en el mismo plano televisivo Belén Esteban y Juan Carlos Rivero, en un campo de fútbol, el receptor se pronunciaba automáticamente la frase: “pan y circo”. Reparte el poder opio entre el proletariado con religiones y sucedáneos para evitar que haya la revolución.

El Capital se había publicado un siglo antes y el mundo había cambiado, pero en lo esencial todavía se consideraba que las religiones eran un narcótico contra las miserias a las que conducían el vil metal y la relación entre el patrón y el empleado. El fútbol es eso, de ahí que gobiernos como el Cristina Fernández Kirchner financiaran con fondos públicos sus derechos audiovisuales para que los argentinos miraran hacia la pantalla verde y no se preocuparan por lo demás. El marxismo canónico lo hubiera censurado, pero los tiempos cambian y los defensores de la justicia social son hoy un poco más flexibles.

Prueba de ello es que las monturas de gafas hoy son más variadas. Me decía el otro día un amigo que por cada catalán que nace los de Multiópticas encargan gafas de varios colores. Jordi Hurtado sorprende cada día y Bob Pop ejerce de líder de la izquierda-pop en las tertulias con modelos que podría llevar Elton John.

Bob Pop ejerce con esta parroquia un papel similar al del presbítero. Podría decirse que incluso más importante, dado que sus palabras sientan doctrina. Y el canon ha cambiado mucho en los últimos años. Fueron desde esa parte de la izquierda muy críticos con la España que perdía empleo, derechos y poder adquisitivo durante la crisis de 2008, pero celebraba la victoria de 'La Roja' en Sudáfrica mientras escuchaba a Belén Esteban y Jorge Javier Vázquez. “El españolito medio está con el circo, pero no con lo importante”, clamaban, mientras situaban a Paolo Vasile en el contenedor de la historia.

Tanto ha cambiado la cosa que ahora aplauden a José Pablo López -presidente de RTVE-, mientras ceba con jugosos contratos a sus amigos de La fábrica de la tele (La Osa Producciones) para llevar a RTVE un sucedáneo de Sálvame, con la misma esencia, aunque un disfraz más angelical. Eso ya no es burdo ni vulgar. Eso incluso lo promocionan durante los partidos de fútbol. El grito y el regüeldo ya no son algo cutre. Al revés, nos igualan. Criticarlo es clasista. RTVE es “la casa de todos”, afirmó Belén Esteban durante su intervención en el descanso del Atlético de Madrid - Barcelona. La televisión pública no debe ser un medio de comunicación elitista, defienden ahora. Mientras, la productora se embolsa 5,3 millones de euros por 65 programas. Esto va de eso, en esencia. Luego ya se crea la narrativa que haga falta para justificarlo.

El éxito de José Pablo López

A José Pablo López le dieron en noviembre un gran poder. Le permitieron nombrar a su equipo directivo y rubricar los contratos con las productoras sin necesidad de contar con la aprobación del Consejo de Administración, siempre mecido por los vientos partidistas. Pudo comportarse este directivo de forma valiente y neutral. Han pasado pocas semanas desde su nombramiento y ha demostrado todo lo contrario.

A los sindicatos -entre ellos, el responsable de la filtración de las oposiciones- los ha engatusado con algunos nombramientos, cuanto menos, cuestionables. En Transparencia, ha optado por una vergonzosa política que consiste en rechazar las peticiones que recibe -sobre el importe de los contratos- con la excusa de que RTVE publica un listado periódico con su gasto en productoras. ¿Se puede vetar el acceso a un ciudadano, con un contrato ya firmado, porque López prefiere manejar los tiempos sobre cómo y cuándo debe publicarse esa información para que sus amiguetes de la crítica televisiva amortigüen las críticas de quienes piensan que meter a La Fábrica de la Tele -con el caso Deluxe abierto- en RTVE es, como poco, osado?

Tampoco molestará especialmente en Moncloa su política de contrataciones. La última que ha anunciado es la de Javier Ruiz, cercano siempre al ideario del PSOE, pero, a la vez, un presentador con precedentes en la televisión pública que no invitan al optimismo. En 2022, le dieron una tertulia en el prime time de los viernes y la retiraron de la parrilla pocas semanas después con un share medio ridículo, de 4,7 puntos. Ahora, recalará en la mañana, casualmente, en un momento en el que la audiencia de Ana Rosa Quintana va mejor de lo esperado, sin que eso, por supuesto, haya generado ninguna incomodidad en el PSOE, donde nunca han dicho ni mu de ella.

Lo de Cintora

También nos obsequiará el 'presidente independiente' López con otro programa que se llama Malas lenguas y que conducirá Jesús Cintora, cuya vuelta a la televisión pública habían reclamado desde el 'ala morada' de la corporación y del Parlamento. El espacio lo producirán Mediapro y La Osa (doble carambola) y se dedicará, entre otras cosas, a luchar contra los bulos con información veraz y objetiva. El presentador será Jesús Cintora, reitero.

No se queda la cosa en la información. En los Cintoras y las Intxaurrondos. O en López. Todos ellos sufrieron en anteriores etapas -en Telemadrid los dos últimos- las presiones gubernamentales, que siempre son improcedentes, vengan del PSOE, del PP o de ERC. Lo que sucede es que, en lugar de conjurar el resto de su carrera a pugnar por una televisión pública independiente, se han situado en una de las trincheras. La que interesa porque es interesante. La que respalda decisiones tan sesgadas como que, en el día en que se cumplía el quinto aniversario de la declaración del primer estado de alarma, se emitiera en La 2 y en Canal 24 Horas un documental que se centraba, en exclusiva, en los muertos en las residencias de ancianos de la Comunidad de Madrid. Eso equivale a ser un propagandista porque sustituye el todo por la parte... Por la parte que interesa a Moncloa. Para eso han quedado.

Les pagan bien -el programa de Cintora costará 2 millones de euros- y son obedientes. Personalmente, pensaba que José Pablo López podía cambiar la dinámica de RTVE cuando le eligieron, pero me equivocaba profundamente. Un presidente de la corporación no debería ser invasivo con los contenidos de sus periodistas y de sus cómicos, pero cuando toda la crítica se alinea con los objetivos del Gobierno y los Marc Giró, Henar Álvarez, Inés Hernand, y no digamos sus periodistas, reman en la misma dirección, que es a favor de obra, a lo mejor debería pensar que ha convertido a un medio de comunicación en un ministerio y que los 1.200 millones de euros que maneja, más allá de para mantener contentos a amigos y para desactivar rebeliones internas, se están empleando para hacer propaganda.

Nada que sorprenda en estos tiempos de 'sanchismo' desacomplejado. Pero algo que resulta absolutamente obsceno. He vivido esta situación en anteriores etapas. Su resultado siempre es el mismo. El partido contrario llega tarde o temprano con la guadaña y sitúa a los suyos por los que estaban. Estos últimos denuncian purgas entonces, sin pararse a reflexionar que, cuando uno se convierte en un político, es normal que se juegue el puesto cada cuatro años.

Sobra decir que quien entrega un saco de millones de euros a quien produce Sálvame tampoco se puede decir que haya luchado de forma incansable por la defensa de un servicio público. Qué parco es el resultado cuando la palabra 'servicio' adopta otras connotaciones.