A Naranjito le cayeron más palos que goles a la selección. Pueden dar fe quienes vivieron en la España de 1982. La mascota del único mundial de fútbol que se ha celebrado en este país podría ser un fetiche para todos los españoles, si no fuera porque el mundial fue un desastre y la mascota una suerte de engendro que a casi nadie gustó. Dos detalles a tener en cuenta para explicar por qué Naranjito fue vapuleado en su día y olvidado en el desván de los recuerdos nacionales.
Pero recapitulemos, que millones de españoles nacieron tras el mundial y otros tantos no tienen por qué recordar cómo se gestó el cítrico animado. Lo primero que hay saber de la historia de Naranjito es que quienes rivalizaron con él por el trono del mundial eran más grotescos. Y no era fácil. A España le tocaba organizar la duodécima edición del campeonato, con un añadido que atraía los focos de la prensa deportiva internacional: era la primera vez que competían 24 selecciones. A mediados de los 70 se iniciaron los preparativos. Había que hablar con las ciudades aspirantes a sedes y buscar una mascota que pusiera cara al evento.
Arrancó el concurso con tremendo tirón. Se presentaron 586 bocetos de toda índole, de lo friki a lo naíf, de lo entrañable a lo ridículo. Agencias de publicidad, creativos y dibujantes de distinto pelaje acudieron al calor de un contrato bien remunerado en pesetas. Y, tras una criba inmisericorde, sobrevivieron tres criaturas.

Recorte de El Mundo Deportivo con las tres mascotas finalistas en el Mundial del 82.
La primera se llamaba Toribalón y era una simbiosis sin situlezas de dos aficiones nacionales, el fútbol y los toros. Lucía cabeza, pies y rabo de astado, todo de color azul salvo los cuernos y las pezuñas, que eran amarillas. El tronco era un balón.
La segunda fusionaba los mismos tópicos, pero sin el exceso de creatividad que emanaba Toribalón. Era, directamente, un niño torero y se llamaba Brindis. Con su montera, su capote y, cómo no, su balón.
Naranjito se impuso a los tópicos taurinos y se llevó la palma. Tenía cara de niño ya crecidito, con las mejillas arreboladas y un sólo pelo (perdón, tallo) en la cabeza. Lucía la equipación de la selección y llevaba, por supuesto, otro balón en la mano. Tenía el aspecto de ese amigo que está siempre dispuesto a jugar. Quizá fue esa actitud desprendida la que convenció a los organizadores, que acabaron descartando a Brindis y Toribalón.
Naranjito era la apuesta de una agencia de publicidad sevillana. Se llamaba Bellido y estaba patroneada por Jose María Martín Pacheco y Dolores Salto Zamora. Dos emprendedores predestinados a vivir momentos de fama desde el momento en que presentaron su naranja futbolista. Una vez elegido, Naranjito se coló en todos los hogares españoles, a través de telediarios, revistas y periódicos. Protagonizó, incluso, una serie de dibujos animados, donde se lo pasaba en grande junto a sus amigos -ojo con los nombres- Clementina y Citronio.
Pero el debut de Naranjito ante los medios de comunicación desató tremendos abucheos. Algunos columnistas fueron implacables y El País le dedicó hasta un editorial. Por ridículo, por bochornoso, por un sinfín de descalificativos más. Se cebaron con la mascota. Hubo incluso quien la culpó de traer mal fario a la selección cuando cayó eliminada.
Un reproche desmedido teniendo en cuenta el pésimo nivel de juego que desplegó el conjunto nacional: se fue a casa tras el quinto partido, al acumular dos insípidos empates, dos derrotas lamentables y una única victoria. Y qué victoria: si en el 82 hubiera existido Twitter, la actuación arbitral habría sido trending topic. Y el vídeo, viral en Youtube. Los incrédulos tienen internet para comprobarlo. Y quienes lo vieron en directo pueden repasar la escena: penalti fuera del área a favor de España, López Ufarte lanza al palo y el árbitro obliga a repetirlo para que Juanito meta, por fin, el balón en la red.
Finalizado el bochorno, los españoles pasaron página rápidamente, interiorizando la derrota como un castigo casi divino. Quedaban por delante muchos años de fatalismo. Cuando la selección pinchó en su Mundial, a Andres Iniesta le quedaban todavía dos años para nacer.
El aura bonachona de Naranjito se volatilizó en cuestión de meses. Hasta los niños dejaron de llevar pegatinas en sus cuadernos del cole. La naranja no volvió a revivir hasta que muchos de esos niños se convirtieron en adultos y se dejaron llevar por la nostalgia. Al calor de la morriña ochentera, bien entrado ya el siglo XXI, se alentó cierto revival. En la tele volvieron a aparecer grupos de la Movida y personajes de La bola de cristal. Y en las tiendas resucitaron marcas de la época... y camisetas con la imagen de Naranjito.
Hoy pueden encontrarse en escaparates o en internet, conviviendo casi siempre con prendas de los Goonies, de Karate Kid y de Darth Vader. O de los Gremlins, otro engendro, pero mucho más feo y menos simpático. Y aun así cae mejor.
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