Pansy está enfadada. Muy enfadada. Con su hijo, un nini con sobrepeso que se pasa el día dando paseos por el barrio y leyendo libros ilustrados sobre aviones. Con su insensible marido, un albañil que vive para trabajar y que cuando llega a casa recibe invariablemente una bronca de su mujer. Pero también está enfadada con la cajera del supermercado, con su dentista, que no puede tener más paciencia, o con la amable dependienta que se le acerca en una tienda de muebles para preguntar si puede ayudarla en algo.
El espectador de Hard Truths, la última película de Mike Leigh que se estrena este viernes en España con el mejorable título de Mi única familia, acompaña a Pansy en su pelea con el mundo, y lo hace tan perplejo ante su rabia como ella misma. Refugiada en una casa impoluta, aterrorizada por los animales que se aventuran en su jardín sin flores en el sur de Londres, Pansy rumia un malestar indecible que se parece demasiado a una depresión y cuyas raíces aflorarán solo en parte a lo largo del filme. La cara de esta cruz es su hermana Chantelle, una alegre peluquera que vive con sus dos hijas en un pequeño y alegre apartamento con un florido balcón y que trata de ayudarla sin demasiado éxito.
Mi única familia ha supuesto la reunión de Marianne Jean-Baptiste, la actriz que da vida a Pansy, con Mike Leigh, casi treinta años después de Secretos y mentiras (1996), la maravillosa historia de una modesta familia inglesa que le valió una nominación al Oscar como mejor actriz de reparto –lo ganó Juliette Binoche por El paciente inglés–.
Muchos pensaban que con este trabajo Jean-Baptiste volvería a optar a la dorada estatuilla. Su interpretación ha merecido el reconocimiento de la crítica en festivales a ambos lados del Atlántico. Ganó el premio del cine independiente británico, y junto a Karla Sofía Gascón ha estado nominada al Bafta que consiguió Mikey Madison por su papel en Anora. Pero finalmente este domingo no aspirará al premio de la Academia. Y eso que, después del éxito de Secretos y mentiras, Marianne Jean-Baptiste, una actriz formada en el teatro británico, se instaló en Los Ángeles y ha hecho una carrera en Norteamérica, con numerosas películas y series como la policíaca Sin rastro.
No habrá premio, pero queda una película sutil y profunda que su protagonista se echa a la espalda. Y lo consigue un poco a ciegas por la manera de trabajar de Mike Leigh. El director se reunió por separado con cada uno de sus actores para desarrollar sus personajes, y cuando recibieron el guion solo tenían las frases y las pautas que les correspondían. Así, Pansy no sabe verdaderamente lo que hace su hijo cuando se encierra en su cuarto ni lo que le pasa a su marido cuando se va a trabajar. Su ira, su rabia y su tristeza son genuinas, las de una mujer sola y aislada.
Jean-Baptiste dejó de hacer deporte para que las endorfinas no alteraran la amargura de su personaje. La transformación física acompañó a la psíquica. "No reconozco a la mujer que está en la pantalla", ha dicho la actriz en algunas entrevistas. El resultado es una interpretación antológica al servicio de una profunda exploración del alma humana y de las heridas que deja el resentimiento, la frustración y la incomunicación. Un cuento sin moraleja pero con una conclusión: todos tenemos una Pansy dentro.
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