Los polígonos son lugares curiosos. En ellos, dentro de naves anodinas, se fabrica y almacena lo que consumimos diariamente. Lo que uno no espera encontrar en esa trastienda de la vida es una réplica a tamaño natural, unos 13 metros de alto, del Coloso de Constantino, la estatua ciclópea del siglo IV dedicada al emperador bajoimperial y expuesta a pedazos en los Museos Capitolinos de Roma. Pero ahí está, recibiendo en compañía de dos leones alados de Nimrod y una reproducción de La Última Cena de Da Vinci a quienes acceden a las instalaciones de Factum Arte y la Fundación Factum, las dos patas de un proyecto puntero de digitalización, producción y conservación de arte y patrimonio ubicado en el polígono madrileño de Julián Camarillo. De San Blas al mundo.

Cuando el arquitecto Rem Koolhaas y el arqueólogo e historiador del arte Salvatore Settis idearon para la Fundación Prada la exposición Recycling Beauty, un ambicioso proyecto que analizaba la reutilización de las antigüedades griegas y romanas a lo largo de la historia, se les ocurrió incluir una recreación del coloso tal y como fue concebido para ocupar la cabecera oeste de la Basílica de Majencio en el Foro Romano. El imponente espacio de la Cisterna, el gran recinto expositivo de la Fundación Prada en Milán, era el lugar ideal para una iniciativa tan ambiciosa como voluminosa.

¿Pero quién podía ocuparse de ejecutar ese, nunca mejor dicho, monumental encargo? ¿Quién sería capaz de documentar adecuadamente los restos existentes del coloso, reproducirlos con exactitud, ensamblarlos recreando las partes perdidas de la estatua con la mayor fidelidad posible y lograr que el resultado fuera una copia facsimilar y no una falla valenciana o una atracción propia de un casino temático Las Vegas?

Un taller único en el mundo

Solo una empresa podía hacer todo eso a la vez, y era Factum. Este taller multidisciplinar fundado en Madrid en 2001 por el británico Adam Lowe y el artista e ingeniero español Manuel Franquelo (fallecido en 2024) se ha convertido, gracias al minucioso e innovador empeño de sus artífices, en una referencia mundial en digitalización, producción y reproducción artística.

Franquelo y Lowe llevaban tiempo trabajando en Londres con artistas contemporáneos de la talla de Anish Kapoor, Marina Abramovic, Julian Schnabel o Jenny Holzer, ayudándoles a materializar trabajos y esculturas que por su tamaño o su complejidad precisaban de una asistencia técnica. Contaban para ello con el primero de los escáneres tridimensionales que diseñaron juntos.

Pero fue en ese 2001 cuando les llegó el encargo que lo cambió todo: la reproducción de la tumba de Seti I, en el Valle de los Reyes de Egipto. En ese momento nació Factum como tal en Madrid. Un año después repitieron la jugada con la tumba de Tutmosis III. Y en 2012 presentaron en El Cairo el facsímil de la tumba de Tutankamon. Antes, en noviembre de 2007, se inauguró en Venecia la reproducción de Las bodas de Caná. Factum produjo una copia del gigantesco cuadro de Veronés para instalarla en su ubicación original, el refectorio del monasterio de San Giorgio Maggiore, de donde fue sustraído por Napoleón en 1797 para llevarlo al Louvre.

Por este y otros muchos proyectos, el Coloso de Constantino solo lo podía hacer Factum. En febrero de 2024, un año después de la clausura de la expo de la Fundación Prada, fue instalado en los jardines de Villa Caffarelli, perteneciente a los Museos Capitolinos.

El coloso que ahora está en producción en la nave de Factum es una segunda copia que viajará a Bishop Auckland, Inglaterra. Se colocará cerca del lugar donde Constantino fue proclamado emperador en el año 306 de nuestra era.

Recreando a Miguel Ángel

Aunque el proyecto más reciente de Factum son los facsímiles de estatuas de Miguel Ángel que han producido para Michelangelo Imperfect, la exposición que acaba de abrir sus puertas en la Galería Nacional de Dinamarca. Han escaneado y reproducido piezas que se conservan en Siena, en Florencia, en altares de la Toscana y en museos como el Metropolitan de Nueva York. O el San Juanito, la única escultura española del artista italiano, perteneciente a la Casa de Medinaceli y que en 2015, tras su restauración, pasó por el Museo del Prado.

En el taller de Factum conservan una suerte de prueba de autor del San Juanito que ha ido a Copenhague. Y, en efecto, tiene una apariencia perturbadoramente natural. Reproduce todas las imperfecciones de la pieza, las cicatrices de su reconstrucción o la textura apomazada del mármol, aunque esté realizada con resina acrílica.

El 'San Juanito' de Miguel Ángel y otras pruebas realizadas para la exposición del Museo Nacional de Dinamarca.
El 'San Juanito' de Miguel Ángel y otras pruebas realizadas para la exposición de la Galería Nacional de Dinamarca. | Israel Cánovas

El proceso para producir estos facsímiles empieza con un escaneado minucioso, habitualmente por medio de fotogrametría, una técnica de registro en tres dimensiones a partir de la toma de cientos de fotografías solapadas, realizadas desde multitud de ángulos distintos y procesadas por un software especial, a veces en combinación con otras técnicas, como los escáneres de luz estructurada, necesarios cuando una superficie tan blanca como la del mármol dificulta la recogida de los detalles más nimios.

Quedarse en la superficie

De ese registro digital se va a la impresión 3D por estereolitografía, que permite reproducir todos los detalles de la superficie capturados previamente en el escaneo. "Y a partir de este objeto el equipo del taller trabaja como se ha hecho toda la vida, con un molde por partes, un vaciado y un material final", pero recogiendo todas las características propias del original concreto.

Nos explica y nos guía por las instalaciones Carlos Bayod, director de Proyectos de la Fundación Factum –una organización sin ánimo de lucro creada en 2009 para ayudar a digitalizar el patrimonio mundial–. "Suena curioso, pero nuestro trabajo es quedarnos en la superficie, capturar los detalles de la piel. Es lo que nos transmite la biografía y la historia de las obras de arte, los cambios que ha experimentado, las huellas del paso del tiempo. Si la impresión 3D no fuera capaz de reproducir todo eso, no nos serviría".

Carlos Bayod, director de Proyectos de la Fundación Factum.

Y lo cierto es que la impresión en sí es solo el primer paso de un largo proceso que implica a numerosos profesionales artísticos. En este caso, el retoque de color y la aplicación de polvo de mármol para darle el tacto propio de la piedra y lograr que el facsímil resulte prácticamente idéntico que el original. Hasta el punto de que sea indistinguible incluso para el ojo del experto.

Porque estas piezas son ante todo eso, "facsímiles de conservación". "Obviamente tiene su utilidad en un contexto expositivo, incluso como espectáculo, pero principalmente tienen un valor científico. La idea es que si tú eres un experto en Miguel Ángel puedas estar inspeccionando este objeto y aprendiendo como si estuvieras frente al original", añade Bayod mientras caminamos por las diversas áreas de la nave de Factum, donde trabajan más de 60 personas.

Hoy el taller está tranquilo, pero lo habitual es que esté lleno de artistas haciendo obras para otros artistas, los que recurren a Factum para la producción de su obra. "Es también un lugar de juego y experimentación. Muchos artistas vienen con una idea muy clara de lo que quieren producir, a veces incluso con los planos. Pero otras veces la obra es el resultado de un diálogo, de una conversación como la que estamos teniendo, dando una vuelta por las naves, en la que ellos se dan cuenta de las posibilidades que ofrecen la tecnología. Las ideas van apareciendo".

Factum es un poco taller y un poco laboratorio. "Nuestra aproximación es siempre experimental. Nos atraen sobre todo aquellos proyectos que no hemos hecho nunca y que suponen un reto técnico", reflexiona Bayod ante una maqueta del enorme diplodocus de bronce que han instalado en el exterior del Museo de Historia Natural de Londres, una réplica del icónico Dippy expuesto en el interior del museo.

El arte de escanear

Pasamos junto a una esfera misteriosa con aire de máquina del tiempo. Es el escáner Verónica. "Lo hemos creado para digitalizar bustos en 3D. Hay un asiento en el centro y la esfera se cierra. Entonces hay un conjunto de cámaras que hacen un giro de 360 grados tomando 100 fotografías casi de manera instantánea. Y con esas imágenes perfectamente iluminadas se compone un modelo 3D de la cabeza de la persona con toda la resolución en la textura, la piel y la forma. Estuvo expuesto en la Royal Academy en Londres y la gente hacía cola para probarlo".

El Verónica es uno de los artefactos creados por el departamento de investigación y desarrollo de Factum. "Cuando no encontramos una solución en el mercado desarrollamos nuestras propias herramientas", explica Bayod. Es el caso de los escáneres 3D específicamente creados para digitalizar pinturas, "que no existían". Una tecnología que permite recoger con fidelidad no solo el detalle del trazo y el color sino la textura y las irregularidades de la superficie. Bayod nos muestra la reproducción de uno de los cartones de Rafael para los tapices de la Capilla Sixtina, conservados en el Museo Victoria & Albert de Londres. "Estuvimos mes y medio trabajando día y noche para digitalizar la superficie completa" de los siete cartones, que después han reproducido con exactitud, materializando, también con tecnología propia, la superficie de manera mimética, y añadiendo los pigmentos sobre esa piel cargada de historia.

Reproducción de uno de los cartones para los tapices de la Capilla Sixtina de Rafael.
Reproducción de uno de los cartones para los tapices de la Capilla Sixtina de Rafael.

Otro invento Factum es el escáner Selene, desarrollado durante seis años por Jorge Cano, jefe del departamento de tecnología, investigación y desarrrollo de la compañía. Este escáner permite cartografiar documentos aparentemente planos, fotografiándolos con flashes orientados desde cuatro puntos distintos y obteniendo así una variedad de patrones de luz y sombra que permite inspeccionar digitalmente los objetos y documentos como si se estuvieran iluminando con una linterna pero con una altísima definición. Instituciones como la Biblioteca Bodleiana de Oxford, el Museo Británico o la Universidad de Princeton han adquirido una unidad del Selene y lo están utilizando para escanear sus colecciones por primera vez en 3D.

Todas las instituciones que cuentan con un Selene, universidades y museos de primera línea mundial, están integradas en una suerte de consejo auspiciado por la Fundación Factum en el que comparten información y experiencias. "Esta es una de las líneas que más nos motivan a largo plazo, poder crear una red de colaboradores que aprecien la tecnología digital para escanear sus colecciones e ir formando una gran base de datos que permita conservar las colecciones".

Porque lo más vistoso del trabajo de Factum quizá sean sus espectaculares facsímiles en cualquier formato, imponentes realizaciones como el Coloso, las tumbas reales egipcias o las pinturas del Renacimiento. Pero "lo más importante", al menos en el caso de la fundación, "es la labor que no se ve, que es la captura de los datos digitales y el asesoramiento a otras instituciones para que puedan operar con el nivel de exigencia que creemos debe hacerse. Luego, en algunas ocasiones esos datos se acaban materializando en facsímiles, pero no siempre. Lo importante es digitalizar. La misión de la fundación es precisamente esa. Cuantas más digitalizaciones se hagan de cualquier tipo de obra de arte, manuscritos, pintura, cultura, arquitectura, mejor para el futuro".