Las que fueran esclavas dedicadas al servicio del harén del gran turco, se convirtieron después en uno de los grandes tópicos de la Historia del arte, representación del desnudo femenino. De Delacroix o Ingres, hasta Matisse y Picasso. Todas ellas, Odaliscas de muy distintas líneas, tipificación e iconografía que desde hoy bailan en el Conjunto Monumental de la Alhambra y Generalife, en el Palacio de Carlos V.
Lo hacen en una exposición que muestra la imagen y evolución de la representación que yacía en el siglo XIX y principio del XX, donde se representaba a la mujer oriental idealizada y mitificada reflejo de los prejuicios de la sociedad hacia la figura femenina en general, siempre, camuflada bajo la piel de las más rotundas experimentaciones plásticas.
La muestra, comisariada por María López Fernández, Odaslicas. De Ingres a Picasso, invita a reflexionar entre la realidad de las fuentes históricas y cómo influyó la obra de estos artistas en la creación del mito moderno y la transformación estética de la pintura occidental, que muestra la vigencia e importancia del tradicional desnudo femenino.
Entre el arte oriental y occidental, Odaliscas. De Ingres a Picasso, está compuesta por piezas procedentes de instituciones y colecciones privadas entre las que destacan el Musée du Louvre, Musée d'Orsay, Musée de l'Orangerie, Centre Georges Pompidou o Musée Picasso de París. El conjunto, vigente hasta el próximo 11 de septiembre, se presenta además junto con objetos que formaron parte de los harenes nazaríes de los siglos XIII al XV, procedentes del Museo de la Alhambra. A su vez, la muestra cuenta también con fotografías y un audiovisual sobre las odaliscas reales y soñadas del siglo XIX y XX en la danza y el cine, que pondrán «de manifiesto y visibilizarán la vida cotidiana de estas mujeres», haciendo hincapié en «las diferencias entre la realidad de las fuentes históricas y la ensoñación creada por los artistas en su construcción de la modernidad», señala López Fernández en la presentación de la exposición.
Retórica del desnudo y reformulación estética
Las odaliscas fueron el prestigio de los siglos XIX y XX, la figura tópica de la historia del arte que pasó de la esclavitud de la mujer, a la más grande reflexión de su estereotipo y ruptura más absoluta de los convencionalismos pictóricos y sociales de la época.
El prestigio de lo común vino de la mano de Ingres y Delacroix. El primero sintetizó en la figura de las odaliscas la liberación de las formas tradicionales a través de la línea; y el segundo, hizo de sus escenas de sultán, un triunfo cromático. Ambos consiguieron que sus obras de arte occidental fueran paradigmáticas para los artistas modernos, e inspiración para los pintores orientalistas, que imaginaron escenarios de ensueño donde las odaliscas, lejos de ser un emblema del cuerpo femenino encerrado y a merced de un hombre, reposaban entre baratijas e inciensos.

La figura de la odalisca se convirtió entonces, -en medio de la tensión entre tradición y vanguardia- en ejemplificación de uno de los mayores cambios estéticos de la pintura occidental y retórica del desnudo femenino. El arte de la odalisca, lejos de ser una iconografía, trató de escenificar en los lienzos, la evidencia dominante de Occidente sobre Oriente, dejando de lado la misoginia anticuada y los temores del hombre «ante los cambios que estaba experimentando la mujer».
Las de Ingres y Delacroix fueron homenajeadas por Matisse y Picasso, que a su vez, se convirtieron en imaginario ficticio de Constant o Gérôme.
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