El pasado 21 de marzo, el Instituto Cervantes celebró el Día de la Poesía recordando a Ángel González. Una elección oportuna, dado que este año se conmemora el centenario del nacimiento del poeta asturiano, premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1985 y uno de los más destacados representantes de la llamada Generación del 50. Se trata, además, de uno de los autores predilectos del director del Cervantes, Luis García Montero, que se precia de la amistad que le unió al poeta y que incluso le dedicó una biografía novelada, Mañana no será lo que Dios quiera (2009).
Al homenaje acudieron autoridades, escritores, amigos y conocidos de Ángel González: Juan Cruz, Chus Visor, Benjamín Prado, José Luis García Martín o Miguel Munárriz, parte de los que Joaquín Sabina bautizó como los "viudos" del escritor, que se recrearon en el generoso anecdotario en torno al homenajeado y recitaron algunos de sus poemas. Como colofón, la actriz Jordina Biosca y el guitarrista David García ofrecieron un fragmento del espectáculo Ángel González. Poesía y vida (2009), basado precisamente en la biografía novelada escrita por Luis García Montero.
Pero en el evento hubo una gran ausencia. Susana Rivera, verdadera viuda de Ángel González, no solo no estuvo –vive en Albuquerque, Nuevo México, y no visita España desde 2018– sino que ninguno de los asistentes se refirió siquiera a ella. Se habló largo y tendido de la vida del poeta, de su familia y de las personas con las que mantuvo una relación más o menos estrecha. Pero ni una palabra sobre Rivera, la mujer que estuvo a su lado cerca de 30 años. Apenas una mención accidental en el recitado de Biosca, cuando habló de los dos matrimonios del poeta, "el uno corto" –con la hispanista Shirley Mangini– "y el otro para siempre".
El veto de los 'viudos' a la viuda
Se repetía así el patrón de los homenajes que tuvieron lugar en 2018 en Oviedo y en Madrid, cuando se cumplió el décimo aniversario de la muerte de Ángel González, y a los que Rivera no fue invitada. Era la expresión del veto tácito impuesto por los viudos a la viuda tras el enconado enfrentamiento que tuvo lugar alrededor de la puesta en marcha y posterior naufragio de la Fundación Ángel González: creada en 2008, los patronos encabezados por García Montero dimitieron en 2010 por supuestas discrepancias con Susana Rivera, a la sazón su presidenta. La novedad ahora era que el veto nacido de una querella personal se practicaba no desde los cenáculos poéticos sino desde la institucionalidad del Instituto Cervantes.
La omisión deliberada de Susana Rivera tuvo un episodio especialmente significativo el 27 de febrero de 2023, cuando se depositó en la Caja de las Letras –archivo simbólico que aprovecha la cámara acorazada del antiguo banco donde está la sede del Cervantes– un legado de Ángel González. A este acto la viuda del poeta se refiere en la distancia como el "nefasto evento".
Allí estaban el rector de la Universidad de Oviedo, Ignacio Villaverde, la profesora Araceli Iravedra –que ostenta la Cátedra Ángel González desde su creación en 2013–, el editor Chus Visor y el propio García Montero. En la caja asignada al legado de Ángel González, la número 1654, se introdujeron libros dedicados, poemas, fotografías de su madre y un autorretrato. Pero nada aportado por Susana Rivera, heredera universal según el testamento ratificado por Ángel González poco antes de morir. De nuevo, la viuda resultaba obliterada y marginada del legado para la posteridad del poeta.
La oportuna aparición de las 'ahijadas'
Pero si algo llamó la atención en el acto de la Caja de las Letras, además del ostensible borrado de la figura de Susana Rivera, fue la presencia de quienes fueron presentadas como las dos "ahijadas" del poeta, Cristina y María Gil Bürmann, de las cuales hasta la fecha solo tenían noticia algunos allegados.
"Para que yo me llame María Gil Bürmann y esté hoy aquí", dijo esta lingüista y trabajadora del Cervantes desde 2001, haciendo un guiño al poema "Para que yo me llame Ángel González", "han tenido que darse una serie de circunstancias quizás no muy importantes pero sí imprescindibles. La principal es que Ángel estuviera muy íntimamente relacionado con mi familia hasta el punto de que cuando nací en 1965 se acordó que él fuera mi padrino. La otra circunstancia es que el director Luis García Montero tuviera este dato en cuenta a la hora de organizar el acto y de manera tan cariñosa haya contado conmigo".
Pocos días después, en su página dominical en el diario El Comercio, el escritor, crítico literario José Luis García Martín completaba la labor de desvelamiento de las hermanas Gil Bürmann. "Conocí esta historia en 1990. Me la contó Emilio Alarcos durante un curso de verano en Laredo (…). Ángel González tiene dos hijas, que le llaman tío Ángel y que le quieren y a las que quiere mucho. La madre estaba casada con un militar y llevan su apellido. Fue el gran amor de su vida. Cuando se marchó a América, le propuso a María acompañarle, pero ella no quiso o no pudo o no se atrevió", escribía García Martín en el periódico asturiano y en su blog. "Desde que Alarcos me reveló el secreto, comprendo mejor el poso de tristeza y amargura que hay en muchos de los versos del poeta. 'Llevaba las fotos de las niñas en la cartera', me dijo Chus Visor".
"Una maniobra maquiavélica"
"Ángel no llevaba las fotos de las niñas en la cartera, primero porque, desde que yo lo conocí, no llevaba cartera", responde divertida a este periódico Susana Rivera, para quien la oportuna aparición de las ahijadas de Ángel González "es una maniobra francamente maquiavélica" de Luis García Montero. "Como es un escándalo que me excluyan a mí de la celebración del centenario, seguramente las va a presentar a ellas como su familia para esquivarlo", explica Rivera a El Independiente. "Es posible que esa ceremonia sea la traición más grande que le hayan hecho a Ángel, peor que haberlo engañado con la Fundación y luego haberme difamado a mí", añade.
"En el libro que tenía que haberse publicado como sus memorias, y que García Montero publicó como una 'novela' suya, se dice claramente que Ángel no quería que se hablara de su vida en Madrid en los 50 y 60. Era una condición sine qua non que García Montero vulneró y luego García Martín", abunda Rivera.
En la página 413 de Mañana no será lo que Dios quiera se puede rastrear ese compromiso entre ambos escritores:
—Te enamoraste de Madrid, y de alguna vecina madrileña.
—Habíamos quedado en que no íbamos a contar nada de todo eso. Mejor no acercarse a terrenos pantanosos.
Susana Rivera conoce bien la historia. Según su testimonio, Ángel González se marchó a Estados Unidos a comienzos de los 70 huyendo de una relación imposible con una mujer casada y madre de otros cuatro hijos. "Ángel no se sentía exactamente culpable porque creía sinceramente que su huida estaba justificada, pero no estaba orgulloso de su comportamiento, de haber abandonado a la mujer que amaba –amor correspondido– y a sus dos hijas". Mantuvieron el contacto en la distancia, González las visitaba cuando volvía a España, pero poco a poco lo fueron perdiendo hasta que la relación fue "casi inexistente". "La última vez que vio a María fue después de una lectura en la Residencia de Estudiantes" pocos meses antes de morir, "y se tuvo que identificar porque no la reconoció", asegura Rivera.
En 2021, María contactó con Susana porque quería publicar una antología de poemas de Ángel González, "me imagino para destacar los poemas de amor escritos durante su relación con su madre". Rivera se puso a su disposición, pero recuerda que pronto sospechó que detrás del acercamiento estaba la mano de García Montero. Dos años después tuvo lugar el "nefasto evento". En julio de 2024, María Gil Bürmann fue nombrada directora del Instituto Cervantes de Nueva Delhi.
Del amor al odio
¿Por qué García Montero, desde la atalaya privilegiada del Cervantes, persevera en esta labor de erosión de la figura de Susana Rivera? ¿Cuál es el origen del distanciamiento y las razones del poeta y mandarín de la poesía española para desplazarla?
Cuando Ángel González falleció el 12 de enero de 2008 en Madrid las cosas eran bien distintas. El 19 de enero, una nutrida expedición de escritores y amigos –entre otros Luis García Montero, Almudena Grandes, Chus Visor, Alfredo Bryce Echenique, Joaquín Sabina o Víctor García de la Concha, entonces director de la Real Academia Española a la que Ángel González pertenecía– viajaron a Oviedo para acompañar a Susana Rivera en el cementerio de El Salvador, donde depositó las cenizas de su marido, y en el acto de inauguración de la plaza Ángel González en el barrio de Vallobín. García Montero leyó la carta de despedida que el poeta había dejado para su "queridísima Susi": "Sólo por una razón me entristece la muerte: porque ya no voy a volver a verte. Eres la persona que más quiero en este mundo: también la más honesta, la más íntegra, la más buena: la mejor".
Pocos días después, tras la apertura del testamento del escritor, se constituía en Oviedo la Fundación Ángel González, con Susana Rivera como presidenta y Luis García Montero, el editor Manuel Lombardero y el exalcalde de Oviedo, abogado del poeta y entonces eurodiputado socialista Antonio Masip como patronos principales. Era una de las últimas voluntades de González, persuadido por sus amigos, con Lombardero y Sabina a la cabeza, de la necesidad de que su legado poético fuera custodiado por una institución protegida y dotada por el Principado de Asturias y otras administraciones, a semejanza de la Fundación Caballero Bonald establecida en Jerez de la Frontera con el respaldo de su ayuntamiento, la Diputación de Cádiz y la Junta de Andalucía.
Susana Rivera volvió a Albuquerque, donde se reincorporó a su puesto como profesora de literatura en el departamento de Español y Portugués de la Universidad de Nuevo México, confiada en que el patronato de la fundación –completado por Miguel Munárriz y la consejera de Cultura, ambos en nombre del Principado de Asturias– llevara a cabo las oportunas gestiones para procurarle una sede y los recursos necesarios para su funcionamiento. En octubre de 2008 realizó una aportación de 10.000 euros, una cuarta parte de la dotación inicial que debía tener la fundación. "Cuando estaban atormentando a Ángel para que dijera que quería una fundación, le aseguraron que ellos conseguirían el dinero, pero luego no hicieron ningún intento, simplemente me lo sacaron a mí. Ángel me lo había prohibido, dijo que él no se levantaba monumentos a sí mismo. Pero yo, con tal de que se levantara la fundación, desembolsé".
"Se equivocó y no le hizo bien"
Según Rivera, el patronato no hizo nada para conseguir ni una sede propia, ni financiación ni definir los fines y propósitos de la fundación. Le ofrecieron la cesión de unas exiguas dependencias en el Archivo Histórico de Oviedo, a lo que ella se negó. En una reunión en 2009 le propusieron la celebración de un congreso "mundial" dedicado a Ángel González como una manera de poner en marcha la fundación por la vía de los hechos. "Yo expresé mi opinión de que me parecía que estaban levantando la casa por el tejado. ¿Cómo podía una fundación todavía inexistente, y sin fondos ni personal, organizar un congreso?", recuerda la viuda. "Les comuniqué que yo no donaría nada ni les daría más dinero hasta que la fundación estuviera consolidada, jurídicamente respaldada, y su solvencia económica garantizada durante 25 años. Ese fue el detonante para que abandonaran el proyecto de levantar la fundación. Y digo 'abandonaron' porque nunca dimitieron, como es debido".
La fundación quedó como un ente fantasma y Rivera nunca recuperó el dinero. Desde entonces, la viuda ha sido acusada reiteradamente de "dinamitar" el proyecto. En 2024, Miguel Munárriz insistía en ello en su libro Empeñados en ser felices, unas memorias literarias "benévolas" con casi todos... salvo con Susana Rivera. El caso de la fundación salió a relucir en las entrevistas y presentaciones del libro. "Solo tienes un puntito de darle un poquitín a la mujer de Ángel González", le interpelaba la periodista y escritora Marta Robles en la presentación celebrada en la última Semana Negra de Gijón. "La quiero, la quise y la querré siempre, porque es una mujer fascinante, lo que pasa es que se equivocó y no le hizo bien", respondió Munárriz, con Luis García Montero sentado a su derecha. "Esa Fundación Ángel González que quisimos hacer (...) no salió por una serie de razones que no quiero contar aquí, que me puedo imaginar las que son, y que Luis también se imagina o sabe las que son. Pero sí lamento que [Susana] haya puesto todos los obstáculos del mundo para que no la hiciéramos, para que no saliera adelante. Y cuento estrictamente la verdad, todo lo que ocurría era poner palos en las ruedas para que no saliera". "Yo le voy a pedir al querido público un aplauso por Ángel González", terció García Montero. "Él nunca quiere hablar de esto", remató Munárriz, subrayando la intervención del director del Cervantes.
Según Rivera, el problema con García Montero y el resto de viudos fue que "vio muy pronto que yo no iba a ser su marioneta y que todo se iba a tener que hacer limpiamente: nada de corrupción, amiguismo, premios amañados, etcétera. Así la fundación no le servía para nada, y él mismo, con ayuda de cómplices en Oviedo, la saboteó".
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